Mi infancia son recuerdos......

RECUERDOS DE ESTA CALLE
Dicen que Albert Einstein cloncluyó que si fuésemos viajeros en un vehículo que alcanzara velocidades próximas a la de la luz, el tiempo se ralentizaría tanto que podría incluso llegar a pararse.
Supongo, por tanto, que nuestra infancia más lejana debió transcurrir sobre uno de esos vehículos sorprendentes, pues son tantos, tan intensos y tan prolongados en el tiempo, que un periodo de apenas cinco o seis años parece haberse multiplicado fruto de algún extraño algoritmo.
No sé, nunca lo supe, si la calle Alonso de Grado tenía, en aquella época, ese mismo nombre, lo que sí recuerdo, con la nostalgia de un tiempo que se me imagina feliz, es que allí aprendí mis primeros números y letras, en una escuelina, por la que pasaron varias generaciones de niños de Grao.
La escuela de Benicia, situada en el piso bajo de uno de esos edificios con un pequeño patio verjado al estilo inglés, consistía en dos aulas anexas, situadas en sendas habitaciones que daban a la calle y separadas por una puerta de cristales translúcidos. La clase de adentro y la clase de afuera, las llamábamos entonces. La primera era dirigida por una antigua y aventajada alumna de Doña Benicia: María Luisa Giménez. Acogía a los más pequeños y en ella permanecíamos hasta que se consideraba que estábamos suficientemente preparados para acceder a la clase de los mayores. Mostraba, Doña María Luisa una enorme bondad y paciencia. Eternamente soltera, confieso que fue mi primer amor, un amor precoz e infantil.
Cuando debíamos tener siete u ocho años ya eras digno y supuestamente capaz de pasar a la clase de afuera; un aula amueblada con unos pupitres de madera que se me hacían, por entonces, inmensamente largos. Frente a ellos, un pequeño secreter en que se acomodaba Doña Benicia, una mujer de semblante adusto, frente amplia, pelo corto, blanco, ligeramente ondulado sobre un rostro de maneras clásicas y eternamente enfundada en un largo vestido, negro y muy limpio. Recuerdo que aquel secreter, coronado en la parte superior por una campanilla plateada y tan reluciente, como el pelo de la maestra, tenía una tapa elevable bajo la que Benicia guardaba lápices, plumas y una pelota de goma con la que, en un movimiento tan rápido como un rayo, era capaz de acertar, algunas veces, a quienes no permanecíamos demasiado atentos. Cuando así lo lograba, se levantaba llena de gozo exclamando: “¡¡¡¡Gol del Oviedo!!!!!”
En la última fila, y siempre en una esquina, se sentaba un ayudante singular: Pepe Antón, su marido, o “Pepantón”, como nosotros llamábamos. Un hombretón que se nos antojaba enorme que atendía desde que sitio a quienes mostrábamos una necesidad de mejora en las “cuentas”. En ocasiones, medio desesperado gruñía entre dientes: “ Son of a vitch, Jesus Christ”, frases que repetíamos, riendo a la salida, usando fonética entendida como “sanaman vich y chichus crai” sin comprender qué era lo que nos estaba diciendo ni lo que repetíamos, aunque no abarruntábamos nada bueno.
Justo en un lateral del aula, ésta se comunicaba con una habitación interior transformada vestidor y urinario de niños. Las paredes estaban flanqueadas por un motón de perchas en las que colgábamos las prendas de abrigo y, en una esquina menos visible a la clase, un banquetón de madera muy blanca, fruto de la abundante lejía, sobre el que se colocaba una enorme bacenilla a la que accedíamos los niños, no sin antes pedir permiso diciendo: “Señora: ¿Puedo ir al aparato?” , curiosa forma de llamar al mingitorio. A las niñas se les permitía acudir al retrete situado al fondo y a la derecha de un largo pasillo de la entrada al piso, justo allí, en una luminosa galería que da a la parte trasera del edificio, Pepantón cuidaba y criaba canarios que nos alegraban, con sus canturreos, la llegada de cada primavera. A finales esta estación las golondrinas anidaban cada año bajo unos salientes que tenía el edificio de enfrente, almacén de la ferretería de Ramos, y que obsevábamos con atención exponiénd
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