Candil 1

Al encuentro con las Xanas
Vaya por delante que, fruto de una cobardía existencial casi enfermiza, me confieso agnóstico, es decir: ni creo ni dejo de creer. Hallo el consuelo, ante tal dilema cuando pienso en Hamlet “ser o no ser”, en Santa Teresa “vivo sin vivir” o, aunque menos transcendental y de menor empaque intelectual, la letra que Richard Dannenberg escribió para aquel bolero inmortalizado por Machín “como se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco”.
Y ahí me tenéis con todos los bártulos de fotografiar dispuesto, durante el atardecer de un 16 de enero de 2016 a ascender el frío y un tanto embravecido río Cubia (todo en Grao es grande, incluso la bravura), en busca de las “damas del agua”. Me ayudo para tal menester de un candil y es probable que lo use en más ocasiones; lo hice ya para felicitar las fiestas y casi sin ser consciente, aunque supongo que subliminalmente fue una alusión a Diógenes que, hace dos mil quinientos años, lo utilizaba por las calles de Atenas para encontrar un hombre honesto.
El caso es que éstas son algunas de las fotos que hice, mirando de reojo de tanto en tanto entre el visor de la cámara y el oscurecido entorno. La verdad es que no podría precisar si los rumores que oía eran debidos a la llamada de las hadas, al murmullo del propio río o a mi imaginación confusa y amedrantada. Sea como fuere, el caso es que recogí todo lo más rápidamente que pude y me fui.
Eduardo Blanco

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