La seducción de la Gran Vía, según Català-Roca

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No es de extrañar que la Gran Vía, escenario palpitante de la capital, fascinara a mediados del siglo pasado a los mejores fotógrafos. La modernidad había empezado a latir por esa enorme cicatriz de cemento y hormigón y un artista como Francesc Català-Roca (1922-1998) se sintió seducido, no sólo por la vida que recorría esta ancha vena sino por la que inundaba el resto de la ciudad.

De esa fascinación quedaron sus huellas en forma de instantáneas que inmortalizaron su paso por Madrid en viajes que realizó a lo largo de dos años, a partir de 1952.

Una muestra del trabajo de este gran fotógrafo se puede ver en la galería Tiempos Modernos. Treinta imágenes en las que abundan las escenas urbanas cotidianas que sucedieron en varias ciudades además de Madrid, como Cádiz, Pamplona, Barcelona o Cuenca y que han titulado Los viajes de Català-Roca.

En la capital se detuvo sobre todo en la Gran Vía o, más bien, en aquello que sucede en la Gran Vía: como esa mítica fotografía tituladas Señoritas de la Gran Vía, en la que seis costurerillas caminan juntas en hilera cogidas del brazo. El fotógrafo captó sus espaldas, pero quizá por su paso decidido se pueda intuir la fiesta de sus rostros.

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Català-Roca se detiene también en el peligroso efecto que producen sobre las miradas varoniles las curvas de una ninfa saliendo de una boca de metro o en el galanteo de varios soldados con unas turistas.

Instantes tan fugaces como unas pompas de jabón sopladas por un individuo al cielo de la Gran Vía. Ya caída la noche, el Lope de Vega luce con esplendor sus galas de cine. El fotógrafo catalán manejaba las alturas: desde arriba Madrid asoma angulosa y pinta sombras en la calzada. La luz del sol estira sombras que lamen suelos y escaleras. El blanco y negro ayuda; desde abajo, unos niños que juegan a los bolindres parecen gigantes de carne y hueso.

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A pie de calle, el fotógrafo asiste a la escena, es un captador de momentos, de instantes que duran lo que un parpadeo. Se introduce en la conversación que tiene el clero con un alto cargo militar o aguarda en una esquina a que simplemente fluya la vida. Nadie parece reparar en él, ni siquiera esa mujer que se protege del frío ante la mirada de mármol de las estatuas del Palacio Real. Català-Roca viajó incansable a lomos de su vespa y algunos de esos destinos a los que fue a parar se exhiben en la muestra que recoge imágenes que tomó entre 1950 y 1955. En ella abunda lo urbano aunque en sus obras también incluyó el paisajismo, la documentación artística o etnográfica.

Un extravagante Dalí aparece saltando a la comba con sus bigotes apuntando al cielo del barcelonés parque Güell. Asoman otros rostros conocidos, como el de Hemingway, retratado en una corrida. El escritor americano es el único del tendido que parece darse cuenta de la presencia del fotógrafo.

En la imagen de un encierro, Català-Roca ha logrado captar el momento en el que toros y corredores desembocan en la plaza, y el instante en el que uno de ellos acaba de ser pinchado por una de las afiladas astas.

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Fuente: Beatriz Pulido | Madrid

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