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Jacques Henri Lartigue (1984-1986) nació en el seno de una familia comodada en Courbevoie, al noroeste de París. Desde bien pequeño sufría una inquietud enfermiza, un miedo atroz a que toda la felicidad que le rodeaba se le escapara de las manos sin que él pudiera hacer nada por retenerla. Por eso su padre le regaló una cámara fotográfica. Con ella se dedicó a capturar esos momentos de despreocupada alegría compartida con riquísimos amigos y familiares

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Su obra hoy constituye un valioso documento. Retrata la existencia ociosa de una burguesía dedicada de pleno a disfrutar de los placeres de la vida, indiferente a las convulsiones sociales de su entorno y a los horrores de las dos guerras mundiales. CaixaForum Barcelona acoge hasta el 3 de octubre la primera gran exposición antológica dedicada en España a Lartigue, uno de los grandes de la fotografía del pasado siglo, que llegó a manipular la cámara como si se tratara de «una prolongación de su propio cuerpo», en palabras de la comisaria, Martine d'Astier.

Bautizada con el sugerente título de 'Un mundo flotante', la muestra reúne más de 200 piezas agrupadas por temas. En una primera sala el pequeño Lartigue aparece retratado junto a su hermano y sus sonrientes padres. Le inquietaba sobremanera que sus progenitores pudieran fallecer y esa preocupación se ve reflejada en unas instantáneas que juegan con yuxtaposiciones e imágenes borrosas. Su hermano Zissou llega a aparecer rodeado de fantasmas en un retrato de 1905.

Su fascinación por la velocidad queda plasmada en las series de fotografías dedicadas al mundo del deporte, y en especial a las carreras automovilísticas.


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