Luz y Tinta. La revista de Moldeando la luz

 

 

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Luz y Tinta Nº 123

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PRESENTACIÓN

Hay un libro, que ha marcado toda la poesía española del siglo XX, y me atrevería a decir, toda la literatura del siglo y cuyo título me ronda estos días cuando me asomo a los periódicos de la mañana, a los informativos de la tarde, a los diarios digitales en pertua actualización. Se trata de La realidad y el deseo, de Luis Cernuda, que parece marcar la dialéctica entre lo que ocurre y lo que quisiéramos que ocurriera.

Lo que ocurre actualmente es bien triste o, por mejor decir, suficientemente significativo de la realidad tan convulsa que nos toca vivir. En España, sin ir más lejos, mientras escribo se rumia en todas las tertulias el cese, o la dimisión forzada, creo que se me entiende, de la directora del CNI como cabeza de turco de un error o de una concatenación de errores que, me imagino, como compete a los servicios

secretos, jamás nos explicarán en detalle.
En Europa, la crisis de Ucrania, con miles de muertos y miles de desplazados que huyen de la muerte cierta buscando refugio en zonas menos problemáticas, alejándose de una guerra infernal e interminable que está dejando al aire las vergüenzas políticas y diplomáticas de esta Europa que se tambalea sin destino.

En Asturias, junto a otros problemas estructurales que están mermando la población dejando zonas abandonadas —lo de la España vaciada no es un tópico—, se suma ahora un problema puntual que es solo ejemplo de otros muchas en otros muchos momentos. Siguiendo pautas de política empresarial desmemoriada, cierra ahora la fábrica de Danone en Salas, dejando en el paro a todos sus trabajadores y llevándose la producción a Francia. Y ya digo, es solo un ejemplo, sangrante, eso sí, como todo lo que atañe en estos tiempos a la vida de los trabajadores.

El mundo entero, con China a la cabeza, sigue inmerso en esta pandemia que no cesa y que cada día descubre nuevas variantes y nuevas incertidumbres.

En este panorama, que quizás he pintado menos acerado de lo que realmente es, solo se salvan las dos clásicas válvulas de escape: el fútbol, a pesar de que hayamos descubierto recientemente que todo es mentira y que los goles tienen precio, y últimamente el tenis, con esa gran esperanza blanca, Alcaraz, que viene a ocupar el trono de Nadal con todo el ímpetu de sus diecinueve años.

Personalmente, para entrar en el mundo del deseo que apuntaba Cernuda, me conformo con que no me tomen el pelo, con encontrar un libro para leer plácidamente, con poder escribir de vez en cuando algo que me guste y con disfrutar mes a mes de Luz y Tinta.

Francisco Trinidad

P.S.- Este mes he tenido un grave problema técnico y, como me encuentro fuera de Asturias, me ha resultado difícil su solución, por eso la revista sale con retraso y posiblemente con algún error de composición que nuestros generosos lectores sabrán perdonar. Esta presentación, sin ir más lejos, se escribió el día 9 de mayo y quizás, cuando pueda subirse la revista, haya perdido actualidad.

 

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Luz y Tinta Nº 122

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PRESENTACÍON

 

... y cacareando.

Mientras escribo para cerrar este número de Luz y Tinta —número 122, cifra nada desdeñable—, pensando en recrearme siquiera momentáneamente en la propia dinámica de la revista y de quienes la componemos, resuenan como un grito desesperado las noticias del exterior: una huelga de camioneros recién terminada que ha puesto en jaque la distribución de mercancías en nuestro país y nos ha puesto frente al espejo de la cotidianidad unos precios disparados y en algunos casos disparatados, como salidos de su eje; la convulsión política nacional, con un PP en horas bajas que se aferra al clavo ardiendo de VOX para no perder comba popular; el eco interminable de la corrupción política, que estos días se enfanga en el caso de las mascarillas madrileñas con unas comisiones esas sí, disparatadas por un escaso cuando no nulo servicio al ciudadano; y sobre todo la guerra, la salvaje guerra de Rusia contra Ucrania que, como todas las guerras, está revelándonos lo peor de la condición humana: una guerra que los expertos auguran que será́ larga y acabará cambiando la fisonomía de Europa y de su economía, dejando un rastro de emigración dolorida y hambrienta en busca de pan y de cobijo.

Y sin embargo, parece que la noticia de estos días —por no decir la noticia del año— es la bofetada de Will Smith a Chris Rock, presentador de la gala de los Oscar. Pan y circo, en fin.

Por eso, por esta capacidad de la conciencia humana para evadirse de los problemas y de los compromisos, apetezco hoy centrarme en nosotros mismos, en esta revista que lleva caminando más de una década y que de vez en cuando nos da alguna satisfacción. Como en estos momentos. Veamos.  

Ya en su momento dije, recordando a la gallina en el momento de poner sus huevos, que teníamos que “cacarear” más nuestros logros y me comprometí́ a hacerlo. Por eso no está́ de más mirar a nuestro propio ombligo.

Nuestro nivel de visitas ha ido creciendo igual que nuestro número de páginas y hoy, a pesar de la ausencia de nuestros amigos y colaboradores rusos y ucranianos, se sitúa en torno a las 20.000 visitas mensuales.

Nuestro promotor, José́ Luis Cuendia, “Guendy”, se ha estrenado como productor ejecutivo de la película “El Hogar”, de Julio de la Fuente, a la que obviamente dedicamos varias páginas en este número. Y en estos momentos prepara a marchas forzadas el rodaje de su primer corto como director, Solo, basado en el cuento homónimo de Armando Palacio Valdés y en el que habré de tener alguna participación.

Nuestro colaborador Laudelino Vázquez cierra en este número las correrías de Miguel Miralles y tiene ya comprometida su recopilación y edición en libro con una editorial asturiana. Lógicamente habremos de informar en su día de todos los detalles.

 Monchu Calvo y su hermano acaban de recibir otro premio fotográfico, éste en Langreo, por sus fotos sobre el concejo de Caso.

Y para terminar, yo mismo he publicado una novela corta en Amazon, Vaivén de la memoria se titula, de la que hasta el momento —ya se sabe, en casa del herrero...— no he dado noticia ni estas paginas ni en Moldeando. Aunque todo se andará.  

En fin, que la vida sigue con sus alegrías y sus miserias, y que Luz y Tinta prosigue dando motivos para “cacarear” sus logros.

 

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 120. Febrero 2022

 

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PRESENTACIÓN

Asesinado por la indiferencia

Recuerdo con todo detalle el primer día en que, durante el confinamiento, tuve que salir de casa y me puse la mascarilla. A los pocos pasos se me empañaron las gafas, que me tuve que quitar para poder ver algo, y entre la falta de visión y mi propia torpeza tropecé en un bordillo y caí cuan largo soy, dándome un fuerte golpe en la rodilla que me mantuvo durante más de quince días con un molesto hematoma. Ahora bien, lo que quiero destacar es que, mientras estaba en el suelo tratando de incorporarme, un joven y un señor mayor se acercaron a preguntarme si me encontraba bien o necesitaba ayuda.

He recordado este detalle personal estos días al conocer la muerte en una calle de París del fotógrafo suizo René Robert. Al parecer el pasado 19 de enero Robert, de 84 años, salió de su domicilio parisino a dar un paseo después de cenar y, por razones que desconozco, cayó en la calle, quedando tendido en una acera sin que nadie lo socorriera. Hacia las seis de la mañana un indigente —es decir, alguien que conoce muy bien los riesgos de la calle— dio la voz de alarma a la policía, pero ya nada se pudo hacer por su vida. Había muerto por congelación, víctima del abandono de quienes lo confundieran quizás con un sin techo y de quienes prefieren pasar de largo ante situaciones similares.

A los pocos días, su amigo el periodista y escritor Michel Mompon- tet denunció en las redes sociales la falta de sensibilidad y de empatía social de cuantos pudieran ver su cuerpo tumbado en la acera sin hacer nada por socorrerlo. Fue “asesinado por la indiferencia”, acusó Mompontet.

Ahora bien, en este hecho caben varias reflexiones. Si René Robert no hubiera sido fotógrafo, socialmente reconocido; si no hubiera tenido un amigo como Mompontet, escritor y periodista, es decir con acceso a los medios de comunicación; si no se hubieran dado estas circunstancias, digo, la muerte de este anciano de 84 años hubiera pasado totalmente desapaercibida, como pasan otras muchas a lo largo del año en las aceras y las esquinas de las grandes ciudades, sin que tales hechos pasen de las gacetillas habituales en algunas páginas de sucesos. Basta considerar que no ha trascendido el nombre del vagabundo que advirtió de la presencia de Robert en la calle sin poder levantarse.

Y cabe también hacerse una pregunta más cruda y más amarga. En este mundo insolidario y cruel en que vivimos, en el que todos los verbos se conjugan en singular, ¿cuántos de nosotros nos detendríamos, de noche, de madrugada, con el frío del invierno azotando las calles, a ayudar a un hombre desconocido tendido en el suelo? Quizás muchas respuestas coincidan con la actitud de aquel joven y aquel anciano que me ofrecieron su ayuda generosa y solidaria cuando me vi caído. Quizás muchas otras, para nuestra vergüenza, coincidirían con quienes se inhibieron y apretaron el paso cuando vieron a René Robert incapaz de levantarse de aquella acerca parisina en que finalmente halló la muerte.

Francisco Trinidad

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La trama imposible de Alicia Ramírez

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Alicia Ramírez se ha convertido en una obsesión, un enigma y una precaución para algunos lectores de LUZ Y TINTA. Consciente de la dimensión que ha adquirido el “caso” Alicia Ramírez, su autor, Francisco Trinidad ha recogido en el presente folleto todas los cuentos que han aparecido sobre la tal Alicia y sus menudeos con el autor. Para una mejor comprensión de la dimensión onírica del caso, se acompañan dos relatos de Gloria Soriano y otro de Laudelino Vázquez que vienen a redondear la especie. Y, como corolario indispensable, se antepone un prólogo del Inspector Ibáñez, el que investigara los pormenores de su muerte, en el que se ponen algunos puntos sobre muchas íes y varias jotas que dan nueva dimensión a lo que empezó como un escarceo entre adultos y terminó camino del tanatorio.

José Luis Cuendia "Guendy"

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Luz y Tinta Nº 119. Enero 2022

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PRESENTACIÓN

Reflexiones de año nuevo

Al doblar la última esquina de 2020, suspirábamos por hacer realidad el tópico —año nuevo, vida nueva...—, sobre todo en relación con la evolución de la pandemia: habíamos alimentado la ilusión de pasar página, de que todo acabara en una mala experiencia; y sin embargo, una nueva oleada, que los expertos han bautizado como ‘ómicron’, está de nuevo trayendo toda la inquietud del mundo. Algunos virólogos dicen que éste es el canto de cisne del coronavirus; otros, en cambio, le dan más posibilidades a la enfermedad, con nuevas variantes que acabarán contagiándonos a todos antes o después, hasta que las vacunas alcancen el nivel de idoneidad y de inmunidad que todavía no han conseguido.

Esta pandemia ha entrado a cuchillo en nuestro sistema inmunitario y habrá que seguir no sé cuánto tiempo más —esperemos no agotar el alfabeto griego para denominar las sucesivas variantes que vayan llegando— con todos los temores y todas las precauciones. Puestos a dar soluciones y tomar precauciones en España estamos dando el espectáculo, no sé si bochornoso, pero sí lamentable, de tomar 17 caminos distintos (uno por comunidad autónoma) para afrontar el mismo problema, como si hubiera explotado un nuevo Big Bang que hubiera disgregado y dispersado el mundo, nuestro pequeño mundo. Al final, sea cual sea la comunidad en que uno viva, aca- baremos todos pagando las consecuencias de este problema común.

Uno de los efectos más acusados de este problema general es el de su incidencia en la economía de los distintos países: las bajas laborales, cada vez más altas, son solo el pálido reflejo de lo que real- mente está ocurriendo en la economía mundial, cuyas consecuencias habremos de conocer con el paso del tiempo. En España parece que asistimos a una leve recuperación con respecto al año pasado que lle- va nuestra economía a la era pre-covid, aunque los precios explotan disparando la inflación y abriendo la caja de Pandora de los malos augurios, y aunque el paro descienda de manera tan notable que hace a Pablo Casado rechinar los dientes y montar guardia junto a los luceros iluminados por Vox, en uno más de sus ejercicios de irres- ponsabilidad institucional. Si algo va bien en España es razón de más para que la oposición de derechas saque sus arcabuces y dispare a cuanto se menea.

Claro que todo cuanto ocurra en nuestra economía nacional no será sino parte de lo que suceda en la economía mundial que en este año que hemos dejado atrás ha visto la llegada de Joe Biden en Esta- dos Unidos, con sus planes de gasto expansivo, y el adiós de Angela Merkel en Alemania, abriendo la posibilidad de un nuevo rumbo, con China siempre vigilante y marcando parte del compás.

Sea como fuere, este 2022 que ahora empezamos, con todos los temores, con todas las precauciones, con todas las mascarillas y va- cunas, habrá de ser un año para no olvidar, sobre todo si se cumplen los buenos augurios en cuanto a la estabilización de la pandemia: un año que, en lo que respecta a Luz y Tinta, proseguirá el rumbo hasta ahora marcado y seguiremos ofreciendo nuestra mejor voluntad en los contenidos y cacareando lo que podamos.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 118. Diciembre 2021

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PRESENTACIÓN

El huevo y su cacareo

He leído estos días en un artículo que no viene al caso que los mexicanos tienen un dicho que me ha hecho reflexionar: “Después de poner un huevo, hay que cacarearlo”. Es lo que hace la gallina: pone su huevo y luego cacarea un rato, anunciando su puesta y quizás como una forma de publicidad personal. “Ahí queda eso”, viene a decirnos la gallina, orgullosa de su contribución a la tradicional alimentación de los humanos.

Pues bien, nosotros venimos haciendo Luz y Tinta desde hace más de diez años y no sé si lo hemos cacareado bastante. Mes a mes, con una puntualidad ejemplar —al menor retraso ponemos un anuncio en Moldeando dando explicaciones y pidiendo perdones—, con un cuadro de colaboradores también infatigables y con unos resultados más que notables, el día 10 de cada mes ponemos en el kiosco virtual nuestra revista. Y ahí se queda, sin casi cacarearla, sin hacer alarde del resultado: nos limitamos a poner el enlace en Moldeando la luz, que es nuestro escaparate, y nos ponemos a trabajar para el mes siguiente. Alguna vez, y solo alguna vez, Guendy lo anuncia también en Facebook y también alguna vez, y no siempre, yo comparto la salida en mi muro. Pero no siempre, porque, una vez que sacamos la revista al kiosco —y a veces cuesta y hay que luchar contra los elementos, sobre todo los informáticos—, una vez que está el número a disposición de sus lectores, lo que más nos interesa es el próximo. Eso sí, siguiendo muy de cerca los comentarios en el post de la revista en Moldeando, por si hay algún error que detecten nuestros lectores, por si hay alguna queja y, por qué no, porque nos gusta sumergirnos en ese mar de halagos que mes a mes Luz y Tinta cosecha entre sus lectores, algunos fieles desde el número 0. Pero, ya digo, lo que más nos importa es orientar la brújula al día 10 del mes siguiente.

Como ejemplo de esto que digo, puedo contar aquí, sin mencionar nombres, que uno de los colaboradores me manda mensualmente su colaboración el día 11 de cada mes, con lo cual ese día abro otro número, monto ese artículo y coloco mi propio cuento. Ya estoy en marcha. Luego queda ir recibiendo colaboraciones que van entrando poco a poco en la horma de cada número, hasta que normalmente el día 9 cierro el número y cruzo los dedos, porque la plataforma ISSUU, a la que Guendy sube la revista, suele darnos más de un problema, dada su complejidad, y este mes en concreto porque no terminaban de darle el visto bueno, debido a las fotos de desnudos, fotos seleccionadas de los moldeadores de la luz.

Ni que decir tiene que podríamos hacer más publicidad de nuestro producto, que podríamos —y acaso deberíamos— regodearnos en los logros conseguidos hasta ahora y cacarear con suficiencia el resultado de nuestro trabajo. No sé si con esto mejoraríamos nuestra revista, que es y ha sido siempre nuestro objetivo, pero seguramente fortificaríamos nuestro ego. Puedo decir que el mío lo tengo bien asentado y no necesito mayores efusiones, pero también es cierto que a nadie le amarga un dulce y que es muy dulce el sabor del éxito. Y no de otra forma puede calificarse la trayectoria y el rumbo de nuestra revista. Éxito, sí; y aunque me asusta mucho la posibilidad de morir de éxito —ese tópico que acecha inmisericorde a quienes se dejan llevar por la petulancia—, también es cierto que mirando hacia atrás siempre se aprende de aciertos y errores. Y en estos diez años y pico, Luz y Tinta ha tenido sus aciertos y sus errores, aunque estos últimos no pienso cacarearlos.

Por eso, de cara al próximo año, en mi lista de buenos propósitos que sacar adelante, me voy a anotar esto de cacarear de vez en cuando nuestra revista. Eso sí, si me da tiempo, que el día 10 de cada mes tengo una cita con nuestros lectores y no quiero perdérmela.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 117 Noviembre 2021

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PRESENTACIÓN

Río revuelto.

 

Desde que empecé́ a leer la prensa diaria asiduamente, allá́ por mis años de estudiante de bachiller, siempre me han gustado los números especiales de fin de año, a modo de almanaques, en que se recoge un resumen de lo que ha sido el año que finaliza. Resúmenes que, sobre todo en las páginas culturales, me ponen al día de lo que me he perdido y debo rescatar en los meses siguientes: novelas, películas, exposiciones antológicas... y últimamente, series, esa moda que se nos ha colado en nuestros televisores por la puerta de atrás y sin remedio.

Sin embargo, a los resúmenes de este año, los temo: serán un nuevo revival de la pandemia que no cesa y del desastre natural del volcán de la Palma, que lleva ya más de 50 días vomitando lava destructora y que amenaza con la destrucción total de la isla, consumada ya la ruina ambiental de lo que en su día fue un paraíso. Serán dichos resúmenes un nuevo recuerdo de la crisis del PP, el mayor partido de la oposición enfrentado a su propia crisis interna —Ayuso contra Génova— y a los capirotazos de la trama Gürtel y los afluentes de corrupción que alimentan ese cuerpo central. Nos hablaran también dichos resúmenes de las dificultades del PSOE para suscribir unos presupuestos que den estabilidad la legislatura y a los acuerdos de la coalición gubernamental. Serán unos resúmenes, insisto, en los que se hablará además de globalización, de la escasez de componentes que la crisis mundial acentúa, de las contradicciones y los últimos coletazos del Brexit: es decir, una suerte de apocalipsis que estos días está teniendo su máxima expresión en la conferencia de Glasgow sobre cambio climático.

Ahí́ es nada, una cumbre mundial para poner a todos los países de acuerdo en algo en lo que ya estamos todos de acuerdo: o hacemos algo, y algo serio, con compromisos concretos y plazos de ejecución, o nos cargamos lo poco que queda del planeta Tierra. Dicho así́, drásticamente, suena bastante apocalíptico, y sin embargo es lo que todos los dirigentes —o casi todos, vaya, siempre hay excepciones— del mundo dicen un día y otro, con voces reposadas como la Barack Obama, que ha puesto el dedo en muchas llagas, o voces más histriónicas, como la de esa adolescente Greta Thumberg que clama en el desierto por esas medidas capaces de frenar el cambio climático y con él la catástrofe que día a día estamos alimentando con nuestras emisiones, nuestros residuos y nuestras inhibiciones.

Porque, por lo que leo en la prensa de estos días en esta cumbre de Glasgow los dirigentes de unos y otros países son incapaces de cerrar acuerdos globales —y mucho menos, compromisos— y se pasean por los pasillos de la negociación como fantasmas sin destino o, por decirlo de una manera más gráfica, como pescadores en río revuelto. No quiero pensar mal, pero me temo que algunos países, con su reticencia a poner remedio y fecha límite a esta innegable catástrofe, están buscando eso, pescar en el río revuelto del calentamiento global y cerrar caja con beneficios de dudoso origen. Aunque ellos no tengan dudas: cuanto más arrasen el medio ambiente mundial más beneficios llegarán a sus ambiciosas arcas.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 116 Octubre 2021

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PRESENTACIÓN

Los periódicos de esta mañana vienen, por fin, con buenas noticias. Al lado de la gran debacle sísmica de la isla de La Palma, que afortunadamente solo ha producido daños materiales, eso sí, cuantiosos y angustiosos; y al lado del inquietante goteo de los Pandora Papers, encontramos sin embargo noticias alentadoras en torno al coronavirus y sus consecuencias, que nos han estado machacando los dos últimos años.

Por fin, ha bajado el listón de contagios hasta límites tranquilizadores, nos dicen los periódicos de esta mañana; insisto en esto de los periódicos de hoy, porque este virus es tan traidor y la inconsciencia es tanta por parte de algunos grupos que mañana quizás vuelvan a teñirse las previsiones de gris oscuro, si no negro. Pero hoy los titulares destilan optimismo.

En algunas regiones, como la nuestra, Asturias, dada la evolución favorable de la pandemia en las últimas fechas, se han limitado las antiguas restricciones y se han abierto cauces a eso que se llama “nueva normalidad”, que no es otra cosa que volver a lo que vivíamos cuando aún no había atacado el virus en ninguna de sus mutaciones. Eso sí, con algunas secuelas. El periódico señala dos de ellas: se mantiene el uso de las mascarillas en interiores y todavía no se permite fumar en las terrazas.

Como no soy fumador, no se me alcanza el trastorno que pueda suponer fumar o no en las terrazas. En cuanto a las mascarillas, no me resisto a contar una anécdota bien clara de la persistencia en su uso. Hace un par de meses, coincidí con el presidente del Principado, Adrián Barbón, en el jurado del Premio de la Fundación Emilio Barbón. Hablando de todo un poco después del fallo, le pregunté para cuándo preveía que pudiéramos prescindir de la molesta mascarilla y el presidente me contestó, modo galaico, con otra pregunta: ¿Cuántos catarros tuviste este invierno? Unida la respuesta a esta pregunta con las previsiones de los virólogos y especialistas, a nadie se le escapa que tendremos mascarilla para rato; al menos, hasta la primavera, y luego ya veremos.

Pero la relajación de las restricciones sanitarias trae como consecuencia otra serie de mejoras, como el que se recuperen los juegos colectivos —estos, sin mascarilla— en los recreos de colegios e institutos y que establezca la total normalidad en las visitas a residencias de ancianos y hospitales.

Aunque la novedad que más destaca la prensa es la vuelta a las barras de los bares, que hasta ahora estaba prohibida, relegando las tertulias a las mesas de cuatro o de seis. La barra del bar es el ágora moderna, el lugar en que se debate de todo y todos tienen razón en función de lo que alcen la voz, aunque últimamente los smartphone han rebajado la tensión de las discusiones y han instaurado la Wikipedia como árbitro supremo.

Recuperar la barra de los bares supone, ni más ni menos, que olvidar parte de lo pasado y enfocar el futuro con optimismo. Aunque haya que calzarse la mascarilla entre trago y trago. Por eso, esta tarde acudiré a mi sidrería de costumbre, me situaré en una esquina de la barra, tomaré un “culín” de pie (que ya era hora) y esperaré a mis contertulios habituales para discutir estas medidas que estoy comentando —seguro que alguno estará en contra— y, aunque no soy aficionado al fútbol, para tentar la actualidad del derbi Oviedo-Gijón. Porque esa es otra, la barra es el púlpito del fútbol y la mejor escuela de entrenadores que se conozca. Y ya sabemos que, desde la semana pasada, los campos de fútbol han recuperado su aforo habitual. Esto es vida.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 115. Septiembre 2021

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PRESENTACIÓN

De cara al futuro cercano.

Buscando hace unos días en una de mis carpetas un dato para algo que ahora no importa, encontré sin embargo un par de notas que, por nostalgia, me hicieron cierta iusión. Se trataba de notas en las que había apuntado ideas sueltas para el contenido de esta revista, Luz y Tinta. Ha pasado más de una década desde entonces y, siguiendo el vaivén del tiempo, esta revista ha cambiado, creo yo que por evolución lógica, pero manteniendo el espíritu de aquellas notas que contenían el germen de lo que hoy somos. Me llamó la atención que la primera de las ideas que allí tenía anotada era la incorporación de las fotos seleccionadas cada mes en Moldeando la luz y sin embargo ha sido una de las últimas ideas, sino la última que ha subido a nuestro sumario.

Dentro de la lógica evolución de contenidos y diseño, aunque manteniendo el mismo espíritu, como un mes antes de que se iniciara la pandemia que nos azota actualmente, habíamos mantenido una reunión un grupo de allegados a la revista y a la red social con el objetivo de intercambiar ideas y programar algo cara al futuro. De aquella reunión salió la idea de convertirnos en Asociación Cultural, para darle cauce legal a nuestras actuaciones. Pero luego el Covid-19 nos recluyó en casa y todo quedó en un bonito proyecto que habrá que retomar en cuanto las circunstancias lo permitan, y todo apunta a que no está lejano el día en que, con las obligadas precaucioes, podamos retomar la vida normal.

Ideas no faltan, y bien patentes y expuestas quedaron en aquella reunión; y parece que ánimos tampoco. Así que en los próximos meses habrá que retomar los pasados proyectos y comenzar a desarrollarlos, con la idea de mantener vivo el espíritu de Moldeando la luz y de Luz y Tinta.

Nuestras páginas informarán cumplidamente de cuanto se vaya avanzando en este sentido. Atrás quedará la pandemia, como un mal recuerdo, como un paréntesis en nuestros proyectos que esperamos tengan la misma vitalidad que esta revista que en su ya larga trayectoria ha sabido mantener el pulso más allá de las previsiones iniciales.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 113. Junio 2021

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Presentación

Mascarillas fuera

La mascarilla es como el símbolo, el referente directo de esta pandemia del coronavirus que nos asedia desde hace más de un año. Cuando todo esto pase, y esperemos que sea pronto, la mascarilla será el molesto recuerdo de una situación sanitaria que con el tiempo iremos conociendo en toda su dimensión; una dimensión que no excluye manipulaciones desafortunadas en algún laboratorio. Aunque las causas, que serán muy útiles para los científicos a fin de prevenir situaciones similares, a la gente de a pie, a los que caminamos en las aceras, nos resultan ajenas: lo importante es saber cómo combatir, cómo protegerse, cómo curar esta invasión que en algún momento parecía incontrolable.

La mascarilla es un buen ejemplo del desconcierto general en que nos sumió la Covid-19. En un principio, no se aconsejaba y científicos hubo que predicaron en su contra. Con el tiempo fue afianzándose su necesidad y con ella su uso y, al fin, devino obligatoria. Tanto que hoy parece extraño encontrar a alguien en la calle sin ella, a pesar de merecer todos los denuestos, por su incomodidad y por el calor que provoca, sin ir más lejos; y no digamos la molestia que genera en quienes usamos gafas. Personalmente me las veo y me las deseo para controlar el empañamiento, por lo que en la calle suelo andar sin gafas, para evitar andar a tientas. Todos estos inconvenientes y molestias los damos, sin embargo, por bien empleados a cambio de la tranquilidad de saber que, con esa barrera tapando nariz y boca, el virus maldito tiene más dificultades para atacar nuestro organismo.

En estos días, cuando la vacunación comienza a ser masiva y caen las cifras de afectados por el Covid, ya comienzan a sonar tambores y rumores que hablan de que a finales de este mes de junio es posible que las autoridades sanitarias españolas permitan desprenderse de la mascarilla en lugares abiertos. O sea, en la calle. Como ya han hecho en otros lugares. Ello acarreará el problema del control personal de andar quitando o poniendo la defensa según se entre o se salga de lugares abiertos y cerrados, de espacios potencialmente contagiosos y espacios libres de virus. Claro que será menos la molestia psicológica de saber cuándo hay que quitársela o ponérsela que la incomodidad permanente de esa mascarilla que ya creíamos eterna.

Ojalá las autoridades sanitarias acierten con la medida y, sobre todo, con el tiempo de su aplicación. Será bienvenida la medida, pero pensando siempre en la falta de empatía de quienes siempre tiran por la calle del medio y, cuando se promulgue el uso de la mascarilla en solo interiores, interpretarán que ya no es necesaria en ningún lugar y expondrán a los demás a riesgos fácilmente evitables.

Mascarillas fuera, sí, pero con cuidado, que la salud siempre hemos dicho que es importante cuando no toca la lotería y ahora nos ha tocado a todos esta agobiante pedrea.

Por favor.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 112. Mayo 2021

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PRESENTACIÓN

Fin de semana pletórico.

Escribo francamente desconcertado y alarmado en esta tarde del 9 de mayo en que parece que se ha abierto el postigo de la insensatez y por todas partes asoma el rostro de ceniza de la irresponsabilidad.

Me explico. Hoy 9 de mayo ha terminado el estado de alarma en España y parece que han sonado las trompetas de Jericó y han caído las murallas del sentido común. Entiendo que el estado de alarma es una situación jurídica que da a los aparatos jurídicos —insisto— del Estado determinadas competencias en la suspensión temporal de algunos derechos civiles, por otra parte irrenunciables, como el derecho de reunión. Y todo ello por una razón que todos debiéramos entender porque a todos nos afecta: la pandemia del coronavirus se expande y contagia con el contacto humano, como por activa y por pasiva nos han explicado las autoridades sanitarias. Para acentuar la eficacia de las medidas sanitarias se nos impone el uso de mascarillas, el confinamiento y este estado de alarma que engloba otra serie de medidas, como el toque de queda que tanto molesta a los que claman por una libertad que, demostrado están, no han sabido ejercer.

La libertad que desde algunos sectores se invoca en estos momentos, hay que decirlo claro, es la libertad de emborracharse en grupo, en lo que llamamos botellón, es decir, para no perder el discurso, en una situación propicia para la expansión de la pandemia. Lo he visto en todos los telediarios: grupos de jóvenes con la mascarilla terciada y dándole caña a su bebida preferida, mientras saltan y gritan, celebrando el fin de una situación jurídica —vuelvo a insistir— que no es paralela al fin de la pandemia.

Aparte de la perversión del sentido de la libertad —sé lo que me digo, pues pertenezco a una generación que tuvo que luchar por la libertad frente a una dictadura férrea y crecida—, la actitud de estos jóvenes reclamando libertad con el único objetivo de alimentar su dipsomanía, a más de irresponsable, es totalmente ridícula. Pero entronca con la actitud de algunos políticos y de algunos informadores que han hecho de la posibilidad de acudir a los bares una especie de talismán frente vaya usted a saber qué otras posibilidades.

Ya en el verano pasado se levantó un clamor reclamando bares y playas, lo que a continuación nos trajo una segunda ola más acendrada que la primera. Lo que este descorche masivo nos traiga aún no lo sabemos, aunque todo parece indicar que, a pesar del incremento de las vacunas, también será notable. Y más si se hace del desmadre etílico una ambición de cuyas consecuencias habrá que lamentarse meses más tarde.

Pues lo que nadie puede dudar ni negar es que el virus sigue ahí, vivo y coleando, ajeno a nuestra deriva jurídica y con una capacidad de contagio que está poniendo a prueba todos nuestros avances sanitarios de las últimas décadas. Y lo que nadie duda a estas alturas es de que ha venido para quedarse, para convivir con nosotros y nuestras mascarillas, para atropellar nuestras euforias y para saltar a nuestro sistema inmunitario en cuanto le abrimos la mínima posibilidad.

Y esta posibilidad de los botellones descontrolados no es precisamente mínima.

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 111. Abril 2021

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Vacúnese, haga el favor

Hay temporadas en que una palabra se pone de moda, o la ponen de moda nuestros políticos, lo que es lo mismo, y se la escucha a todas horas. Actualmente la palabra de moda es “vacuna”. En cuanto uno pone la televisión o la radio, o abre un periódico o se sumerge en las redes sociales, la palabra “vacuna” lo llena todo. Es sin duda la más oída y, por supuesto, la que concentra todas nuestras esperanzas de vencer a la pandemia del Covid-19. Claro que de tanto usarla vamos a acabar desgastándola y llegará un momento en que no nos diga nada.

Aunque mucho me temo que esto de la vacuna puede ser como aquello del perrito de Alcibíades que nos contaba antaño un profesor de Historia y que no se me ha olvidado. Según aquel profesor Alcibíades era un ateniense muy pagado de sí mismo que, cuando estaba en Atenas en lugar de ganando batallas con sus malas artes, se paseaba por el Ágora para que todos hablasen de él; pero ocurrió́ que todo el mundo se acostumbró a verlo en sus paseos y dejaron de mencionarle; entonces, para dar pábulo a nuevos comentarios, se hizo acompañar de un perrito en sus paseos y, cuando ya en el ágora estaban acostumbrados al dichoso perrito, mandó que le cortasen el rabo, con lo cual volvieron a renacer los comentarios.

Pues bien, me temo que esto de las vacunas es como lo de aquel perrito, una pantalla, una cortina de humo que intenta desviar la atención sobre un asunto de mayor enjundia cuyo debate se pretende evitar.

Sin ir más lejos, yo no me creo el mareo —de babor a estribor y de proa a popa— a que nos está llevando la vacuna Astrazéneca y los cambios de grupos de edades que provoca y toda la inquietud que está sembrando. Nada sabemos de los efectos secundarios de Pfizer o la Moderna. Es más, ni nos importan, se diría. De la Astrazéneca cada día nos informan de uno de sus malos síntomas y nos dicen quién y cómo ha sido afectado. Como si cada día le cortaran un trocito al rabo del perro para dar que decir y mientras se dice nos olvidamos de algo más serio.

En la misma línea, tampoco me creo que Isabel Díaz Ayuso y sus técnicos y asesores sean tan chapuceros de programar las vacunaciones de Madrid generando colas de tres y hasta cuatro horas de espera. Con lo fácil que es hoy, vía móvil, organizar un evento de estas características. Pero como estamos en plena precampaña electoral han tirado del ejemplo del perro y están dando que hablar, conscientes de que cada vez que se mencione el nombre de la todavía presidenta se está agitando la faltriquera de los votos.

Igual que tampoco puedo creerme que, a día de hoy, cuando ha pasado más de un año desde que se inició la pandemia, y con todo lo que se ha hablado y se habla de las vacunas, en la Unión Europea anden todavía montados en el despiste sin ser capaces de garantizar que habrá vacunas para todos en determinado plazo, ni qué clase de vacunas, ni con qué efectos secundarios, ni a qué grupos de edades pueden o no afectar.

Por eso, cuando a Pedro Sánchez se le llena la boca de agua diciendo aquello de “vacunar, vacunar y vacunar”, a más de uno de sus asesores no le llegará la camisa al cuello, conscientes de que el mensaje puede entenderse como pura logomaquia, pues parece que está entrando en el juego antes de que se repartan las cartas.

En fin, y resumo, que tenemos palabra de moda y que el perrito de Alcibíades vuelve a pasearse por el ágora. Lo que no sé es cuando le cortarán el rabo, aunque sí estoy seguro de que dejaremos de oír la manoseada palabra cuando, por fin, todos estemos vacunados. Aunque sea con la denostada Astrazéneca.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 110. Marzo 2021

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Volver la vista atrás

 

A veces merece la pena volver la vista atrás y, mirando por el retrovisor de la nostalgia, centrarse en recordar momentos felices, momentos únicos, chispazos de vida feliz, o quizás solo de vida, y concentrarse en la memoria, en ese limbo en el que todo sucede y realmente nada pasa. Recordar, quizás como sinónimo de volver a vivir.

Y recordar, sobre todo, cosas pequeñas; evocar un tiempo de felicidad rodeado de familiares y buenos amigos, seres queridos que dan sentido a una existencia; recrearse en una tarde de lectura fructífera o una mañana de trabajo agradablemente sobrellevado o en una puesta de sol cuajada de arreboles o un amanecer frente al mar, quizás con una ligera resaca; reconocer en sus distintas circunstancias los momentos de amor de un tiempo que ya no volverá, esos momentos íntimos que no se pueden traducir en palabras ni merece la pena hacerlo; tener en cuenta algunos instantes consumidos en admirar hermosas fotos en Moldeando la luz o leyendo intrigantes relatos de Luz y Tinta; volver la vista atrás para rememorar un paisaje de montaña, si es asturiana, mejor, donde quizás algunas veces buscamos un trébol de cuatro hojas que alimentó nuestra ansiedad ante el poder de seducción de la naturaleza.

En fin, merece la pena seguir por el retrovisor de la nostalgia todas esas cosas, pequeños detalles o grandes momentos, por los que merece la pena vivir.

Todos esos momentos, grandes o pequeños, que nos hacen olvidar que llevamos un año pendientes del Covid-19 y sus consecuencias

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 109 Febrero 2021

 

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Un año para meditar

Hace un año por estas fechas, mes de febrero, al que siempre, apoyándose en el refrán, se ha calificado de “loco”, vivíamos sin embargo ajenos a la locura que se comenzaría a vivir días más tarde. Luz y Tinta proseguía su camino y llevaba a la portada una foto de Chema Madoz, uno de cuyos homenajes se recogía en páginas interiores. Fotografía pura. En esta presentación hablaba yo del vértigo que nos acuciaba, con un número 100 en puertas que lógicamente nos ponía nerviosos por el reto que teníamos delante. Más fotografía.

Los periódicos de aquel mes de febrero llevaban a sus páginas el brexit, o sea, la huida hacia adelante del Reino Unido, dejando a la Unión Europea ante su propio vértigo. En España, además, hablábamos de la pejiguera catalana, para no perder la costumbre. Y del mundo mundial nos llegaban ecos intrigantes cuya dimensión ignorábamos: se hablaba del coronavirus en China, tan lejos, y en Italia y en otros lugares del mundo, y mirábamos con curiosidad y desconfianza lo que pasaba allende nuestras fronteras, sin sospechar tan siquiera que muy pocos días después las campanas de nuestros pueblos tocarían a rebato, haciéndonos conscientes de que lo que considerábamos una alarma ajena era en realidad un problema propio.

Luego, ya se sabe, vino el confinamiento como cortafuegos; y la rabia y el crujir de dientes y los temores y los aplausos a las ocho de la tarde y todo ese aluvión de sensaciones que, como si de un chapuzón se tratara, hemos vivido en solo un año y a la trágala. Hemos visto los ojos a la muerte y le hemos hablado de tú a tú, poniendo nombre y apellidos, y voz y gesto a quienes se iban. Hemos declinado coronavirus en todos sus casos y le hemos buscado todas las acepciones y todos los sinónimos. Y por supuesto, hemos criticado con razón o sin ella a nuestros políticos y representantes. Maldito virus de las narices: aunque me apetece más otro órgano de mi cuerpo para señalar el hartazgo con que miro todos los días la evolución de esta pandemia que nos ha sacudido como ningún terremoto, ni físico, ni moral, había conseguido hasta ahora. Los agoreros de turno -siempre que hay que enfrentarse a un problema aparece un arúspice— nos avisan ya de que, a partir de esta pandemia, nada será como antes. Y tendrán razón.

En fin, un año entregados al análisis y gestión de un problema médico difícil de controlar y al que de momento estamos haciendo frente, psicológicamente, con la esperanza en las vacunas y la desesperanza de ver cómo el virus muta por su propio impulso y las compuertas con que hasta ahora le habíamos controlado se ven desbordadas.

Desde estas páginas, lógicamente, poco o nada podemos hacer, salvo recordar que toda precaución es poca, que hay que tomar nota de lo pa-sado para que el futuro no nos resulte tan incierto y preocupante como hasta ahora nos aparece y que, entre todas las voces interesadas en orientar nuestro camino, es preciso distinguir las de aquellos que realmente quieren ayudar; y señalar con un tachón rojo a quienes solo pretender pescar en río revuelto.

Y mientras tanto, ha nevado en Madrid y, durante algunos días, pare-ció como si se acabara el mundo. Durante aquellos tristes días, en que los políticos madrileños se vieron totalmente superados por un fenómeno tan natural como una nevada en invierno, yo no dejaba de pensar —permítase- me la hilaridad— en aquella surrealista canción de Sabina que asevera que “más raro fue aquel verano que no paró de nevar”.

En fin, un año para meditar. Porque el año que nos aguarda, curados ya de espantos, puede ser peor que el pasado si la sensatez y las vacunas no lo remedian.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 108 Enero 2021

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Presentación

Queridos Reyes Magos:

Como cada año corresponde enviar esta carta, siquiera virtual, en la que los niños piden juguetes, como corresponde a su edad, y los adultos expresamos deseos más inmateriales, sabedores que tales deseos no siempre caminan la senda de la realidad. Desde LUZ Y TINTA, aprovechando este primer número del año también tenemos nuestro particular repertorio de pretensiones.

En primer lugar, salud. Después del desventurado 2020, en que se quebró la salud de muchos, mientras los demás acumulábamos todos los temores, esperemos que este 2021 que acabamos de empezar nos traiga sobre todo esperanza y vacunas, muchas vacunas a modo de cortafuegos que nos impermeabilicen frente a los contagios y sus riesgos.

En cuanto a la política, que en el malhadado 2020 ha marcado el límite de la insensatez, solo pedimos que nuestros políticos —es decir, nuestros representantes— bajen a la arena, que entiendan que las instituciones y las leyes tienen que estar al servicio de los ciudadanos y que no son únicamente para alimentar sus polémicas de salón, por no decir sus peleas de gallos.

En el ámbito cultural, quisiéramos retomar el camino abandonado el año pasado y volver a participar en actos culturales, conciertos multitudi- narios, encuentros de todo tipo en que el intercambio nos lleve al enrique- cimiento. Y ello sin miedo al contagio, sin temor al otro. Aunque somos conscientes de que lo que se quebró en los meses pasados será muy difícil recuperarlo en los venideros. Al menos de momento.

En cuanto a la familia y los amigos nos gustaría recuperar los abra- zos que nos debemos, las veladas que no compartimos, los momentos de intimidad familiar que hemos esquinado para evitar el paso franco de la pandemia.

Y en fin, para Moldeando la luz y para LUZ Y TINTA solamente que prosiga la creatividad. Dentro de un tiempo, cuando analicemos estos meses últimos con alguna perspectiva, veremos que tanto en nuestra plataforma como en nuestra revista estos meses han transcurrido con la misma pasión creativa de siempre. Es lo que deseamos para los meses y años próximos.

Con nuestros mejores deseos para 2021.

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Luz y Tinta Nº107 Diciembre 2020

Un año para olvidar

2020. Dos mil veinte. Jamás olvidaremos este año. Jamás olvidaremos un año en el que hemos visto cómo se removían los cimientos del mundo, cómo el Covid-19 atacaba sin complejos la línea de flotación de nuestra vida, cómo saltaba por los aires una forma de vivir. A 10 de diciembre, cuando publicamos este nuevo número de Luz y Tinta, aún no sabemos cómo vamos a terminar, cómo se va a solucionar este problema mundial que nos está sacudiendo desde principios de este inolvidable 2020. Se habla todos los días de nuevos contagios, de nuevos ingresos hospitalarios y, lo que es más preocupante, de nuevos muertos, dejando un eco de muerte y un poso de preocupación en cada noticia. Y aunque se nos habla ya de las vacunas, que están ya ahí y que van a contribuir a mitigar parte del dolor y del temor que nos sobrecoge, no se ve aún la luz al final del túnel o, por decirlo de otra manera, la poca luz que se atisba no es suficiente para iluminar de pleno y lo único que consigue es sembrar de más sombras nuestro entorno.

Por eso he titulado esta nota con la idea de olvidar este año que nos ha enredado de mala manera con su agobiante avance. Y es que el muy puñetero 2020, no lo olvidemos, es año bisiesto. No soy muy proclive a la superstición que envuelve a estos años irregulares —Año bisiesto, año siniestro, recoge la paremiología popular—, aunque se citan a la sazón catástrofes sin número que han ocurrido en estos años con veintinueve días en el mes de febrero, como el comienzo de la guerra civil española o el asesinato de John Lennon, cuya efemérides se celebra estos días, o de Martin Luther King, Gianni Versace o Federico García Lorca, todos ellos ocurridos en año bisiesto, junto con muchos otros, sin olvidar el hundimiento del Titanic o el escándalo Watergate que terminó con la presidencia de Richard Nixon, para no alargar la lista. Claro que en el otro plato de la balanza podríamos citar miles y miles de asesinatos, de famosos y no famosos, y miles y miles de catástrofes naturales o provocadas por el hombre, como los atentados del 11 de septiembre que derribaron las Torres Gemelas, la bomba sobre Hiroshima o el inicio de la Primera Guerra Mundial. Fuera de peculiaridades del calendario, desde que el mundo es mundo y desde que el hombre es hombre los asesinatos, desastres y calamidades de todo tipo se han ido sucediendo —y se suceden, no lo olvidemos— con una regularidad asfixiante que nada tiene que ver con un día de más o de menos en el decurso de un año y sí con la propia condición humana y su capacidad para intervenir en el ritmo natural de las cosas.

Así que, para cerrar esta reflexión, espero que durante los próximos meses se sucedan hechos fortuitos o provocados por la ciencia o la casualidad que nos ayuden a olvidar este trágico 2020, al que aún le queda el estrambote de la Navidad, con la bizantina discusión —espero que solo subyacente al ámbito español— de si debemos celebrarlo en soledad o acompañados por nuestros familiares y por nuestros “allegados”, palabra que se ha instalado en el subconsciente colectivo como un mantra. Pasado este paréntesis de mazapanes y de villancicos, retomaremos las mascarillas, la esperanza en las vacunas, vengan de donde vengan, y la suspicacia ante el mal fario de los años bisiestos, como este 2020 que nos ha tocado padecer día a día, mes a mes, muerto a muerto.

Por eso, desde la redacción de Luz y Tinta deseamos a sus lectores y amigos que pasen unas alegres y cuidadosas navidades —el virus no entiende de fiestas—, que enfilen el año próximo con mayor suerte que en este que termina y que en las páginas que siguen encuentren un momento de tranquilidad para disfrutar de textos y fotos que pretenden ser un abrazo virtual en estos momentos en que no se aconsejan los abrazos físicos. Por ello, para recordarlo de vez en cuando durante la visión y/o lectura de estas páginas las hemos salpicado de símbolos navideños que solo pretenden recordar que el tiempo fluye y que la vida sigue, aunque haya momentos en que apetezca olvidarse de lo pasado y centrarse en las posibilidades del porvenir.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 106. Noviembre 2020

 

PRESENTACIÓN

De ‘presentaciones’ y otras mudanzas

Un atento lector de Luz y Tinta, Alipio, para el que se reclama con toda razón el título honorífico de cronista oficial de la revista, en su comentario del mes anterior dice de esta Presentación: “que no sé porque se llama presentación, ya que no presenta nada, más bien, se asemeja a las editoriales, que marcan un poco el perfil o la línea del editor, analizando un poco las circunstancias del momento”. Tiene en parte razón nuestro buen amigo, pero cuando elegí el título de esta sección y preferí “Presentación” a “Editorial” lo hice consciente de que podría servirnos para un roto —presentar los contenidos o parte de los contenidos del número— y para un descosido: presentar ideas propias sobre temas de actualidad, muchas veces inevitables. Si atendemos a la definición que la Real Academia da de ‘presentación’ —“Hacer manifestación de algo...”— ambas “presentaciones” son válidas y han sido utilizadas en esta sección, quizás con mayor propensión a la idea de editorial, sobre todo en los últimos tiempos en que ruge la marabunta fuera de nuestras páginas y resulta difícil hurtarse a sus ecos.

Tras este desahogo semántico —uno no puede negar de dónde viene— recojo otro guante de Alipio. Dice que en mi cuento sobre el zafarrancho en el despacho cabe el alivio de que solo se trata de una limpieza general. Peor hubiera sido una mudanza, agrega. Claro que sí. Aunque siempre tengo muy presente aquello de san Ignacio: “En tiempos de tribulación, no hacer mudanza”, entendiendo —volvemos a la semántica— la locución adverbial ‘hacer mudanza’ como portarse con inconsecuencia.

No haremos, pues, mudanza en estos tiempos de tribulación —o de ‘desolación’, que parece fue el original ignaciano— en que suenan tantos cantos de sirena anunciando el fin del mundo, en que la política española se deshilacha por todas sus costuras y en que ni gobierno central ni comunidades autónomas ni ayuntamientos y diputaciones son capaces de ponerse de acuerdo en algo tan sencillo como afirmar que el problema es el virus y que debe enfrentársele médicamente, cosa que ya dije en la presentación del mes pasado y, aunque nunca está mal en insistir en lo obvio, tampoco se trata de repicar campanas que más confunden que informan.

Por último, y ya que estamos en la ‘presentación’ de este número 106, una nota meramente editorial. En el pasado número, en la brevísima biografía de Alfonso Camín que se anteponía a su cuento “Las ideas de Juan de Pin” se nos coló un gazapo: la fecha de nacimiento de Camín no es 1905, como poníamos, sino 1890, como oportunamente nos hizo ver Albino Suárez, el máximo conocedor y defensor del poeta. A propósito del traspié le pedimos a Albino que nos enviase una biografía de Camín, cosa que hizo oportunamente, pero a día de hoy, en que debo cerrar la revista, las fotos que también envió se han perdido en algún recoveco de Internet, por lo que deberemos esperar al número siguiente para enmendar nuestra inicial inexactitud.

Y ya, para finalizar, una nota de color: como mudanza en toda regla la que comienza en la Casa Blanca tras el controvertido descalabro electoral de Donald Trump que solo acepta los resultados de las urnas cuando le favorecen. Vae victis!

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 105. Octubre 2020

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Presentación

Carta abierta a un político sensato

Muy señor mío:

No sé si estoy incurriendo en algún tipo de absurdo al mezclar los conceptos de ‘político’ y ‘sensato’, pues la política, vista desde fuera, parece una completa insensatez. Sí, sí, ya sé, disculpe usted, que los políticos se dejan la piel en el intento, que son incomprendidos en su lucha por el interés general y que, tópico arriba o abajo, todo su empeño gira en la noria del bienestar de sus votantes y conciudadanos. Conozco el percal, de tanto como lo oigo repetir, mañana, tarde y noche. Lo que pasa es que lo repiten tanto que uno acaba acostumbrándose a la música y se olvida de la letra. Claro que son ustedes —o la mayoría de ustedes, tampoco hay que generalizar— los que hace tiempo se han olvidado del significado de una letra que repiten como un eslogan lejano. Como aquello quizás de la “chispa de la vida” que nos largaba la Coca-Cola cuando yo era joven y que ahora ha perdido todo el sentido, porque los tiempos son otros, las necesidades son otras y otros son los caminos que aún hoy nos llevan a Roma. No sé si me entiende.

Por eso dudo de que política y sensatez vayan de la mano, aunque me concedo algún resquicio a la duda y aún creo que haya políticos sensatos. Al menos uno, al que dirijo esta carta abierta, sin más pretensión que expresarle mi perplejidad por lo que últimamente está pasando en el ámbito político español. O más concretamente, para no generalizar, que las comparaciones se dicen odiosas, en el ámbito político madrileño. Claro que como Madrid es el rompeolas de todas las Españas muchos de los disparates que allí se generan llegan en forma de resaca al resto de España.

Me explico.

Madrid está atravesando una pandemia terrible, por causa del Covid-19, por otro nombre Coronavirus. Hay contagios diarios, hospitalizaciones diarias y muertes diarias. Es un tema de salud que en mi ingenuidad creo que hay que enfocar médicamente. Ya digo, en mi ingenuidad, que tiene poco de política, pues nunca he recibido de la política otra cosa que malos tragos. O sea, por resumir, es un problema médico que hay que atacar médicamente. Pura tautología. Pues bien, y este es el meollo de mi carta, los políticos madrileños se empeñan en enredarlo todo políticamente y, en lugar de buscar soluciones médicas, se empecinan en buscar culpables políticos de una situación que se les ha ido de las manos porque no la entienden. Aparcan el problema médico, que es el problema de los ciudadanos que dicen representar y que les eligieron en su día para eso, y sacan el ábaco de contabilizar votos, engolan la voz y cargan contra el enemigo. Pero no el enemigo sanitario, esa puta pandemia que nos envenena el alma y las listas de espera de los hospitales, sino contra el enemigo político, ese que puede hacerles perder votos si los ciudadanos votantes entienden que puede aportar soluciones.

Mientras tanto el coronavirus se descojona de la risa.

Y termino mi carta. Los ciudadanos de a pie, los que no soñamos con cargos institucionales ni con reforzar nuestro sueldo con cargos que igual nos quedan anchos, solo demandamos soluciones médicas al problema médico. Que ustedes se diviertan en el Congreso y en las ruedas de prensa adyacentes buscándole tres pies al gato electoral y señalando los defectos del contrario, a nosotros simplemente nos cabrea. Bueno, y nos asquea. Que yo sepa no los elegimos en su día para que nos irriten con este circo electoraloide. Pero, aunque se hayan olvidado del por qué fueron elegidos y sé que la comodidad de sus escaños no es propicia para tal recuerdo, me gustaría insistir en que los problemas médicos se atajan desde la medicina y que la política debe ser solo un vehículo para facilitar los medios. Pura ingenuidad..

En fin, preso de esta mi ingenuidad, dirijo esta carta a algún político sensato, consciente de que, si alguno hubiere todavía y a la vista de los últimos despropósitos madrileños, seguramente habrá presentado su dimisión antes de que esta carta llegue a su poder.

Atentamente,                                                                                                                                                         

                                                                                                                                                                     Francisco Trinidad

 

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