Luz y Tinta. La revista de Moldeando la luz

 

 

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Luz y Tinta Nº 128

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FOTOS SELECCIONADAS Y...

Los lectores habituales de Luz y TINTA echarán en falta en este número la sección de Fotos seleccionadas, en la que, como su nom bre indica, publicamos una selección de fotos de las aparecidas en Moldeando la luz, aquellas que reciben más de 20 favoritos como valoración de los miembros de la red social. Ocurre que algún lector ha señalado el poco tiempo que damos para esta valoración. Así que hemos decidido, a partir de este número, dar un margen mayor.

En este número, que correpondería según veníamos haciendo colocar las fotos del mes de octubre, no publicamos ninguna. Las de octubre las sacaremos en el número del mes de diciembre. Y apartir de ahora haremos siempre lo mismo: dejar un mes intermedio para que se puedan hacer tales valoraciones y algunas fotos que son destacadas y no se publican porque no entran en el tiempo de edición, puedan hacerlo. Al final, se trata de que todos disfrutemos de las mejores fotos.

Y ya que hablamos de nuestras cosas, recordaré que antes de la pandemia, en el mes de enero de 2019, mantuvimos una reunión una docena de personas ligadas a Luz y TINTA y Moldeando la luz.

Entre otras cosas, aquella reunión tenía como objetivo empezar a hablar de la constitución de una Asociación Cultural que sirva de marco jurídico y de instrumento para una serie de actividades que tenemos previstas. Pero llegó la pandemia y nos arrinconó a todos, con los temores ciertos de contagio y con disposiciones legales que nos confinaron y, por decirlo guapamente, nos cortaron las alas.

Recuperados de aquel mal viento, volvemos a retomar el tema y ya estamos hablando de nuevo de cómo enfocarlo. Así que en cualquier momento, cuando tengamos más avanzado el tema, publicaremos en estas páginas qué, cómo y cuándo pensamor hacer. Seguramente conseguiremos un instrumento que dé más visibilidad a nuestros objetivos.

Pero tiempo al tiempo.

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 127

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10841609286?profile=RESIZE_710x                                                                                                                                                                                                  Las malditas erratas

Cuentan de un editor rico —y solo los ricos pueden hacer algunas cosas— que se empeñó en imprimir un libro sin ninguna errata. Se lo dio a corregir a cinco correctores profesionales sucesivamente y, por último, lo corrigió él mismo. Satisfecho del resultado, mandó poner en la primera página lo siguiente: “El editor de este libro garantiza que no contiene ninguna errita”.

Difícil resulta un libro sin erratas y más una revista como ésta, hecha con tan pocos medios y tan escaso personal y en la que prima el voluntarismo. En mi experiencia editorial, he conocido erratas de todo tipo, desde las realmente divertidas hasta las irritantes porque subvierten el sentido de lo que se quiere decir. Y he padecido muchas, como la de aquel copista, en los tiempos en que mandaba mis originales a máquina y que me cambió “hipóstasis” por “hipótesis”, mandando mis reflexiones al limbo. Y excuso decir que, en más de una ocasión, recién salido un libro de la imprenta lo primero que advirtiera fue una puñetera errata.

No es de extrañar que, a poco de inventarse la imprenta, en Amberes, en los tiempos en que era el centro del mundo editorial —Cervantes, Diego de Saavedra y Francisco de Quevedo, por ejemplo, preferían editar allí sus obras—, se sacaban las galeras en pliegos de cordel, que se distribuían popularmente y se abonaba un doblón a quien señalara una errata. Tan difícil resultó de siempre corregirlas.

Venga a cuento todo el cuento anterior para añadir que, a pocos días de la aparición del número anterior de Luz y TinTa, el 126, un atento y meticuloso lector me envió un mensaje privado señalándome dos erratas que contiene aquel número. Lógicamente le di las gracias por su atención y en mi fuero interno me alegré de que una revista con 300 páginas sólo contuviera dos erratas. Y sobre todo, teniendo en cuenta que me la guiso yo solo y generalmente con la urgencia del día 10 llamando a rebato.

Nada excusa, por supuesto, esas dos erratas, salvo la benevolencia de nuestros lectores, y el aviso me hace redoblar mi atención para que en lo sucesivo se cuelen las menos posibles. Será cosa de estar en la procesión y de vez en cuando repicando las campanas.

Mientras tanto, y bajando al mundo real, en Italia la ultraderecha ha acabado alzándose con una mayoría absoluta, no tan sorprendente en el convulso panorama político italiano, y que quizás sea también una errata que corregir en el concierto de la Unión Europea, como el desconcierto de la política española, con las autonomías, unas y otras, disputándose el plato de lentejas con que pueden conseguir la primogenitura fiscal.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 126

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De regreso

Cierro este número y escribo esta presentación en los últimos días de agosto en que todo el mundo regresa de sus vacaciones: sólo algunos elegidos, tirando a frikis, por qué no —y entre los que me gusta contarme desde hace años— elige septiembre, alejados del mundanal ruido estival y a ser posible resguardados de calores agobiantes.

En cualquier caso, este año, tras las restricciones que en su día impuso la pandemia, todo el mundo se ha lanzado a las carreteras, rumbo a las playas de arena y chiringuito en las que parece que todos son felices y todas las cervezas están frías. No es mi caso. He pasado agosto en mi casa, trabajando en mis cosas (esta revista, sin ir más lejos) y planeando más cosas para el futuro inmediato. Pero sin olvidar la realidad más cercana, como esa guerra de Ucrania que nos produce más sudores que el calor o como los incendios que, como todos los años, se ceban en nuestros bosques.

En páginas interiores publicamos un excelente reportaje de Konstantinos Tsakaladis sobre los incendios griegos de 2021, recordándonos de paso que seguimos la brecha estival. Ningún verano sin incendio. Dicen algunos especialistas que estos incendios actuales son más agresivos que antaño por el cambio climático, que está ahí́, sin descanso, socavando nuestro medio ambiente, y por el abandono del mundo rural. Yo que soy de pueblo recuerdo en mi niñez que los paisanos siempre andaban con la foceta en la mano, limpiando caminos y prados; me temo que hoy no se vea ninguna foceta por aquellos contornos, con lo que los montes son pura yesca, pasto de rayos y de desalmados pirómanos.

Harina de otro costal es la guerra de Ucrania. Estos últimos días de agosto se han cumplido los seis meses desde que se iniciara esta agresión y las noticias sobre la guerra comienzan a espaciarse en los medios de comunicación, como si no existiera, como si el horror se hubiera hecho cotidiano, como en aquella otra guerra, la de Siria, que empezó́ igual que ésta y que lleva ya más de diez años con la misma crudeza del primer día y con la misma vesania de entonces, pero ha desaparecido de los medios: si acaso un recuadro cuando hay una masacre. Como está ocurriendo con la de Ucrania que, a fuerza de vivir su horror día se nos ha hecho tan habitual como la subida de los precios, como la mengua del salario mínimo interprofesional.

Luz y Tinta, sin embargo, sigue fiel a su puntualidad: todos los meses aparece en el kiosco virtual el día 10 desde hace más de una década, como una cigüeña consecuente con su destino y con un ramo de flores en el pico, invitando a nuestros lectores a una reflexión serena de su propia vida a través de nuestras imágenes que, como el slogan de Moldeando la luz, no dejan indiferente a nadie. Ni siquiera a aquellos que alientan los incendios o que silencian una guerra que solo tiene su justificación en la crueldad de una mente sangrienta. Eso sí, sabiendo que esto es pura retórica, porque una guerra, cualquier guerra, nunca tiene justificación.

                  Mal que nos pese.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 125

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PRESENTACIÓN

Vacaciones

No sé yo quién inventó las vacaciones, o quién las instauró; pero seguro que estaba pensando en mí o en alguien como yo: alguien que no se pasa los días de asueto tumbado al sol, con frecuentes visitas al chiringuito, sino que las vacaciones le sirven para hacer una pausa en el camino, para mirar de frente al horizonte de los proyectos y en algunos casos para cambiar de rumbo. Para mí las vacaciones son esencialmente eso, reflexión y mirada profunda a la brújula personal y a cuantos papeles marcan encima de mi mesa los objetivos que esperan su turno en esa agenda mental que configura el ritmo de mis días.

Dicen que el dios de los cristianos inventó el descanso dominical y más tarde, mucho más tarde, la revolución industrial y el maquinismo propiciaron el fin de semana, una pausa para respirar oxígeno que permita retomar otra semana. Pero las vacaciones, esa sensación de que hay un corte profundo, un antes y un después, son otra cosa y permiten un respiro largo.

En mi caso, ya digo, aprovecharé estas vacaciones de verano -LUZ Y TINTA no reaparecerá hasta septiembre, como todos los años— para encajar en los esbozos de futuro todas las posibilidades y toda la barahúnda del presente, tan agitado y caótico en general y tan activo y precipitado en los últimos meses en mi situación personal.

Así que durante esta pausa, y para no perder la costumbre, no renunciaré a la actualidad, a la que me asomaré todas las mañanas a través de la prensa; y dentro de ella, tendré muy presente ña deriva criminal e imperialista de Putin con sus cañones y sus misiles y sus brigadas de miles de soldados armados hasta los dientes. Alguien que no recuerdo ahora ha dicho recientemente la guerra —cualquier guerra, pienso yo— es producto de la ignorancia; y lo suscribo.

Como estamos en verano, y de vacaciones, no me importa repetirlo, aprovecharé apara acudir a alguna fiesta popular de las que en Asturias llamamos de prao; es decir, una fiesta con todos los ingredientes lúdicos y gastronómicos para levantar el ánimo, como en la reciente canción de Nando Agüeros: “cuando restalla la sidra, restalla Asturias entera”. Me sumaré a ese restallu.

Lógicamente aprovecharé para leer. Es algo que hago habitualmente, pero durante esta pausa de julio—agosto procuraré ponerme al día de algunas novedades que aguardan encima de mi mesa. Y para escribir: entre otras cosas debo corregir y dejar lisos para la imprenta dos libros que habrán de marcar mi otoño.

Y eso sí, pienso seguir madrugando y acostándome tarde —los años no solo restan posibilidades al calendario, sino también horas al sueño— y pienso sobre todo en que los relojes giren sus manecillas a mi favor.

Y por supuesto, prometo pensar en Luz y Tinta, darle una vueltina a su diseño, imaginar alguna novedad y sobre todo, sobre todo, seguir disfrutando de lo que hago y de lo que pienso seguir haciendo.

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 124

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PRESENTACIÓN

A vueltas con las “cookies”

Estos días de atrás, por aquello de la obsolescencia programada, he tenido que cambiar mi móvil. ¿Que no saben lo que es la tal obsolescencia? Pues dense una vuelta por Google, busquen oportunamente y verán que hostia se pegan.

Siguiendo con el cambio de móvil, me ocurrió —y ellos sabrán por qué— que me desaparecieron muchos de los contactos. Cuando hice el tránsito del teléfono antiguo al nuevo, y para ver cómo sonaba el reciente aparato, le pedí a mi mujer que me llamara. Mi sorpresa fue que su contacto había desaparecido, así que me apresuré a añadir el contacto de mi esposa y, para mayor sorpresa (y ya van dos), no me hizo falta más que dar al “ok”, porque el teléfono me apuntó el nombre y apellidos de mi señora. Con un par. Lo comenté con ella y convinimos ambos que eso era cosa y fruto de las “cookies”, esas invisibles galletitas que acaban sabiendo todo de nosotros sin que nosotros sepamos de ellas más que su existencia silenciosa y quién sabe si maliciosa. Así que me eché a temblar.

Y mira que me gustan las galletas; o mejor, me gustaban, porque últimamente, por aquello de la diabetes tipo 2, las tengo relegadas al olvido o al imaginario desván de los lujos prohibidos. Pero, a pesar de estos pesares, vengo hoy a hablar de otras galletas, las llamadas “cookies” que nos controlan en internet.

Lo cierto es que las tales “cookies” tienen un control absoluto sobre nuestros comportamientos en la red. Cada vez que se entra en una página nueva piden autorización para la vigilancia. Personalmente siempre autorizo, porque lo único que pueden sacar en cuestión de mi disco duro y mi memoria RAM son textos y más textos: los míos y los que acopio en mis investigaciones para ayudar a los míos y, total, la pretensión última de estos apuntes es que se lean fuera de mi ordenador. Claro que quien los lee a través de las “cookies” es una máquina que programa la publicidad que me van a servir en mis navegaciones y no sé si otras incursiones en mis dominios informáticos.

Ahora bien, siempre me quedará la duda de cómo mi teléfono nuevo —sí, nuevo de paquete— sabe el nombre y apellidos de mi esposa si nunca me lo ha preguntado y yo no se lo he dicho. La verdad es que este nivel de vigilancia y de conocimiento que tienen de nosotros y de nuestros datos no solo intimida sino que, hablando en plata, acojona. No me extrañaría que mañana, o cuando acuda al cajero en busca de 200 miserables euros me informe, en plan chincha rabiña, de que mi vecino acaba de sacar 2.000 hace un par de horas.

Y el pobre de Chaplin, en sus Tiempos modernos, nos alertaba del trabajo repetitivo y las tuercas que siempre giraban en el mismo sentido. Frente a Google y adláteres quisiera verlo yo. Seguramente que, en lugar de merendarse una bota vieja con sus clavos y todo, se comería, a mordiscos decididos, un ordenador con todos sus circuitos, sus cables, sus conexiones visibles e invisibles y todo el paquete de “cookies” con sus múltiples ojos y su conocimiento exhaustivo de nuestras necesidades y quién sabe si de nuestros pensamientos. Vae victis!

"Fe de erratas
Por la clásica inadvertencia de última hora se nos coló una errata que no pudimos corregir porque había que desmontar todo el montaje de videos que acompañan la revista y empezar de nuevo. Así que ahí quedó "Ouka Lele" cuando debiera decir Ouka Leele. Nuestros lectores sabrán disculpar el gazapo."

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 123

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PRESENTACIÓN

Hay un libro, que ha marcado toda la poesía española del siglo XX, y me atrevería a decir, toda la literatura del siglo y cuyo título me ronda estos días cuando me asomo a los periódicos de la mañana, a los informativos de la tarde, a los diarios digitales en pertua actualización. Se trata de La realidad y el deseo, de Luis Cernuda, que parece marcar la dialéctica entre lo que ocurre y lo que quisiéramos que ocurriera.

Lo que ocurre actualmente es bien triste o, por mejor decir, suficientemente significativo de la realidad tan convulsa que nos toca vivir. En España, sin ir más lejos, mientras escribo se rumia en todas las tertulias el cese, o la dimisión forzada, creo que se me entiende, de la directora del CNI como cabeza de turco de un error o de una concatenación de errores que, me imagino, como compete a los servicios

secretos, jamás nos explicarán en detalle.
En Europa, la crisis de Ucrania, con miles de muertos y miles de desplazados que huyen de la muerte cierta buscando refugio en zonas menos problemáticas, alejándose de una guerra infernal e interminable que está dejando al aire las vergüenzas políticas y diplomáticas de esta Europa que se tambalea sin destino.

En Asturias, junto a otros problemas estructurales que están mermando la población dejando zonas abandonadas —lo de la España vaciada no es un tópico—, se suma ahora un problema puntual que es solo ejemplo de otros muchas en otros muchos momentos. Siguiendo pautas de política empresarial desmemoriada, cierra ahora la fábrica de Danone en Salas, dejando en el paro a todos sus trabajadores y llevándose la producción a Francia. Y ya digo, es solo un ejemplo, sangrante, eso sí, como todo lo que atañe en estos tiempos a la vida de los trabajadores.

El mundo entero, con China a la cabeza, sigue inmerso en esta pandemia que no cesa y que cada día descubre nuevas variantes y nuevas incertidumbres.

En este panorama, que quizás he pintado menos acerado de lo que realmente es, solo se salvan las dos clásicas válvulas de escape: el fútbol, a pesar de que hayamos descubierto recientemente que todo es mentira y que los goles tienen precio, y últimamente el tenis, con esa gran esperanza blanca, Alcaraz, que viene a ocupar el trono de Nadal con todo el ímpetu de sus diecinueve años.

Personalmente, para entrar en el mundo del deseo que apuntaba Cernuda, me conformo con que no me tomen el pelo, con encontrar un libro para leer plácidamente, con poder escribir de vez en cuando algo que me guste y con disfrutar mes a mes de Luz y Tinta.

Francisco Trinidad

P.S.- Este mes he tenido un grave problema técnico y, como me encuentro fuera de Asturias, me ha resultado difícil su solución, por eso la revista sale con retraso y posiblemente con algún error de composición que nuestros generosos lectores sabrán perdonar. Esta presentación, sin ir más lejos, se escribió el día 9 de mayo y quizás, cuando pueda subirse la revista, haya perdido actualidad.

 

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Luz y Tinta Nº 122

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PRESENTACÍON

 

... y cacareando.

Mientras escribo para cerrar este número de Luz y Tinta —número 122, cifra nada desdeñable—, pensando en recrearme siquiera momentáneamente en la propia dinámica de la revista y de quienes la componemos, resuenan como un grito desesperado las noticias del exterior: una huelga de camioneros recién terminada que ha puesto en jaque la distribución de mercancías en nuestro país y nos ha puesto frente al espejo de la cotidianidad unos precios disparados y en algunos casos disparatados, como salidos de su eje; la convulsión política nacional, con un PP en horas bajas que se aferra al clavo ardiendo de VOX para no perder comba popular; el eco interminable de la corrupción política, que estos días se enfanga en el caso de las mascarillas madrileñas con unas comisiones esas sí, disparatadas por un escaso cuando no nulo servicio al ciudadano; y sobre todo la guerra, la salvaje guerra de Rusia contra Ucrania que, como todas las guerras, está revelándonos lo peor de la condición humana: una guerra que los expertos auguran que será́ larga y acabará cambiando la fisonomía de Europa y de su economía, dejando un rastro de emigración dolorida y hambrienta en busca de pan y de cobijo.

Y sin embargo, parece que la noticia de estos días —por no decir la noticia del año— es la bofetada de Will Smith a Chris Rock, presentador de la gala de los Oscar. Pan y circo, en fin.

Por eso, por esta capacidad de la conciencia humana para evadirse de los problemas y de los compromisos, apetezco hoy centrarme en nosotros mismos, en esta revista que lleva caminando más de una década y que de vez en cuando nos da alguna satisfacción. Como en estos momentos. Veamos.  

Ya en su momento dije, recordando a la gallina en el momento de poner sus huevos, que teníamos que “cacarear” más nuestros logros y me comprometí́ a hacerlo. Por eso no está́ de más mirar a nuestro propio ombligo.

Nuestro nivel de visitas ha ido creciendo igual que nuestro número de páginas y hoy, a pesar de la ausencia de nuestros amigos y colaboradores rusos y ucranianos, se sitúa en torno a las 20.000 visitas mensuales.

Nuestro promotor, José́ Luis Cuendia, “Guendy”, se ha estrenado como productor ejecutivo de la película “El Hogar”, de Julio de la Fuente, a la que obviamente dedicamos varias páginas en este número. Y en estos momentos prepara a marchas forzadas el rodaje de su primer corto como director, Solo, basado en el cuento homónimo de Armando Palacio Valdés y en el que habré de tener alguna participación.

Nuestro colaborador Laudelino Vázquez cierra en este número las correrías de Miguel Miralles y tiene ya comprometida su recopilación y edición en libro con una editorial asturiana. Lógicamente habremos de informar en su día de todos los detalles.

 Monchu Calvo y su hermano acaban de recibir otro premio fotográfico, éste en Langreo, por sus fotos sobre el concejo de Caso.

Y para terminar, yo mismo he publicado una novela corta en Amazon, Vaivén de la memoria se titula, de la que hasta el momento —ya se sabe, en casa del herrero...— no he dado noticia ni estas paginas ni en Moldeando. Aunque todo se andará.  

En fin, que la vida sigue con sus alegrías y sus miserias, y que Luz y Tinta prosigue dando motivos para “cacarear” sus logros.

 

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 120. Febrero 2022

 

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PRESENTACIÓN

Asesinado por la indiferencia

Recuerdo con todo detalle el primer día en que, durante el confinamiento, tuve que salir de casa y me puse la mascarilla. A los pocos pasos se me empañaron las gafas, que me tuve que quitar para poder ver algo, y entre la falta de visión y mi propia torpeza tropecé en un bordillo y caí cuan largo soy, dándome un fuerte golpe en la rodilla que me mantuvo durante más de quince días con un molesto hematoma. Ahora bien, lo que quiero destacar es que, mientras estaba en el suelo tratando de incorporarme, un joven y un señor mayor se acercaron a preguntarme si me encontraba bien o necesitaba ayuda.

He recordado este detalle personal estos días al conocer la muerte en una calle de París del fotógrafo suizo René Robert. Al parecer el pasado 19 de enero Robert, de 84 años, salió de su domicilio parisino a dar un paseo después de cenar y, por razones que desconozco, cayó en la calle, quedando tendido en una acera sin que nadie lo socorriera. Hacia las seis de la mañana un indigente —es decir, alguien que conoce muy bien los riesgos de la calle— dio la voz de alarma a la policía, pero ya nada se pudo hacer por su vida. Había muerto por congelación, víctima del abandono de quienes lo confundieran quizás con un sin techo y de quienes prefieren pasar de largo ante situaciones similares.

A los pocos días, su amigo el periodista y escritor Michel Mompon- tet denunció en las redes sociales la falta de sensibilidad y de empatía social de cuantos pudieran ver su cuerpo tumbado en la acera sin hacer nada por socorrerlo. Fue “asesinado por la indiferencia”, acusó Mompontet.

Ahora bien, en este hecho caben varias reflexiones. Si René Robert no hubiera sido fotógrafo, socialmente reconocido; si no hubiera tenido un amigo como Mompontet, escritor y periodista, es decir con acceso a los medios de comunicación; si no se hubieran dado estas circunstancias, digo, la muerte de este anciano de 84 años hubiera pasado totalmente desapaercibida, como pasan otras muchas a lo largo del año en las aceras y las esquinas de las grandes ciudades, sin que tales hechos pasen de las gacetillas habituales en algunas páginas de sucesos. Basta considerar que no ha trascendido el nombre del vagabundo que advirtió de la presencia de Robert en la calle sin poder levantarse.

Y cabe también hacerse una pregunta más cruda y más amarga. En este mundo insolidario y cruel en que vivimos, en el que todos los verbos se conjugan en singular, ¿cuántos de nosotros nos detendríamos, de noche, de madrugada, con el frío del invierno azotando las calles, a ayudar a un hombre desconocido tendido en el suelo? Quizás muchas respuestas coincidan con la actitud de aquel joven y aquel anciano que me ofrecieron su ayuda generosa y solidaria cuando me vi caído. Quizás muchas otras, para nuestra vergüenza, coincidirían con quienes se inhibieron y apretaron el paso cuando vieron a René Robert incapaz de levantarse de aquella acerca parisina en que finalmente halló la muerte.

Francisco Trinidad

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La trama imposible de Alicia Ramírez

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Alicia Ramírez se ha convertido en una obsesión, un enigma y una precaución para algunos lectores de LUZ Y TINTA. Consciente de la dimensión que ha adquirido el “caso” Alicia Ramírez, su autor, Francisco Trinidad ha recogido en el presente folleto todas los cuentos que han aparecido sobre la tal Alicia y sus menudeos con el autor. Para una mejor comprensión de la dimensión onírica del caso, se acompañan dos relatos de Gloria Soriano y otro de Laudelino Vázquez que vienen a redondear la especie. Y, como corolario indispensable, se antepone un prólogo del Inspector Ibáñez, el que investigara los pormenores de su muerte, en el que se ponen algunos puntos sobre muchas íes y varias jotas que dan nueva dimensión a lo que empezó como un escarceo entre adultos y terminó camino del tanatorio.

José Luis Cuendia "Guendy"

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Luz y Tinta Nº 119. Enero 2022

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PRESENTACIÓN

Reflexiones de año nuevo

Al doblar la última esquina de 2020, suspirábamos por hacer realidad el tópico —año nuevo, vida nueva...—, sobre todo en relación con la evolución de la pandemia: habíamos alimentado la ilusión de pasar página, de que todo acabara en una mala experiencia; y sin embargo, una nueva oleada, que los expertos han bautizado como ‘ómicron’, está de nuevo trayendo toda la inquietud del mundo. Algunos virólogos dicen que éste es el canto de cisne del coronavirus; otros, en cambio, le dan más posibilidades a la enfermedad, con nuevas variantes que acabarán contagiándonos a todos antes o después, hasta que las vacunas alcancen el nivel de idoneidad y de inmunidad que todavía no han conseguido.

Esta pandemia ha entrado a cuchillo en nuestro sistema inmunitario y habrá que seguir no sé cuánto tiempo más —esperemos no agotar el alfabeto griego para denominar las sucesivas variantes que vayan llegando— con todos los temores y todas las precauciones. Puestos a dar soluciones y tomar precauciones en España estamos dando el espectáculo, no sé si bochornoso, pero sí lamentable, de tomar 17 caminos distintos (uno por comunidad autónoma) para afrontar el mismo problema, como si hubiera explotado un nuevo Big Bang que hubiera disgregado y dispersado el mundo, nuestro pequeño mundo. Al final, sea cual sea la comunidad en que uno viva, aca- baremos todos pagando las consecuencias de este problema común.

Uno de los efectos más acusados de este problema general es el de su incidencia en la economía de los distintos países: las bajas laborales, cada vez más altas, son solo el pálido reflejo de lo que real- mente está ocurriendo en la economía mundial, cuyas consecuencias habremos de conocer con el paso del tiempo. En España parece que asistimos a una leve recuperación con respecto al año pasado que lle- va nuestra economía a la era pre-covid, aunque los precios explotan disparando la inflación y abriendo la caja de Pandora de los malos augurios, y aunque el paro descienda de manera tan notable que hace a Pablo Casado rechinar los dientes y montar guardia junto a los luceros iluminados por Vox, en uno más de sus ejercicios de irres- ponsabilidad institucional. Si algo va bien en España es razón de más para que la oposición de derechas saque sus arcabuces y dispare a cuanto se menea.

Claro que todo cuanto ocurra en nuestra economía nacional no será sino parte de lo que suceda en la economía mundial que en este año que hemos dejado atrás ha visto la llegada de Joe Biden en Esta- dos Unidos, con sus planes de gasto expansivo, y el adiós de Angela Merkel en Alemania, abriendo la posibilidad de un nuevo rumbo, con China siempre vigilante y marcando parte del compás.

Sea como fuere, este 2022 que ahora empezamos, con todos los temores, con todas las precauciones, con todas las mascarillas y va- cunas, habrá de ser un año para no olvidar, sobre todo si se cumplen los buenos augurios en cuanto a la estabilización de la pandemia: un año que, en lo que respecta a Luz y Tinta, proseguirá el rumbo hasta ahora marcado y seguiremos ofreciendo nuestra mejor voluntad en los contenidos y cacareando lo que podamos.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 118. Diciembre 2021

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PRESENTACIÓN

El huevo y su cacareo

He leído estos días en un artículo que no viene al caso que los mexicanos tienen un dicho que me ha hecho reflexionar: “Después de poner un huevo, hay que cacarearlo”. Es lo que hace la gallina: pone su huevo y luego cacarea un rato, anunciando su puesta y quizás como una forma de publicidad personal. “Ahí queda eso”, viene a decirnos la gallina, orgullosa de su contribución a la tradicional alimentación de los humanos.

Pues bien, nosotros venimos haciendo Luz y Tinta desde hace más de diez años y no sé si lo hemos cacareado bastante. Mes a mes, con una puntualidad ejemplar —al menor retraso ponemos un anuncio en Moldeando dando explicaciones y pidiendo perdones—, con un cuadro de colaboradores también infatigables y con unos resultados más que notables, el día 10 de cada mes ponemos en el kiosco virtual nuestra revista. Y ahí se queda, sin casi cacarearla, sin hacer alarde del resultado: nos limitamos a poner el enlace en Moldeando la luz, que es nuestro escaparate, y nos ponemos a trabajar para el mes siguiente. Alguna vez, y solo alguna vez, Guendy lo anuncia también en Facebook y también alguna vez, y no siempre, yo comparto la salida en mi muro. Pero no siempre, porque, una vez que sacamos la revista al kiosco —y a veces cuesta y hay que luchar contra los elementos, sobre todo los informáticos—, una vez que está el número a disposición de sus lectores, lo que más nos interesa es el próximo. Eso sí, siguiendo muy de cerca los comentarios en el post de la revista en Moldeando, por si hay algún error que detecten nuestros lectores, por si hay alguna queja y, por qué no, porque nos gusta sumergirnos en ese mar de halagos que mes a mes Luz y Tinta cosecha entre sus lectores, algunos fieles desde el número 0. Pero, ya digo, lo que más nos importa es orientar la brújula al día 10 del mes siguiente.

Como ejemplo de esto que digo, puedo contar aquí, sin mencionar nombres, que uno de los colaboradores me manda mensualmente su colaboración el día 11 de cada mes, con lo cual ese día abro otro número, monto ese artículo y coloco mi propio cuento. Ya estoy en marcha. Luego queda ir recibiendo colaboraciones que van entrando poco a poco en la horma de cada número, hasta que normalmente el día 9 cierro el número y cruzo los dedos, porque la plataforma ISSUU, a la que Guendy sube la revista, suele darnos más de un problema, dada su complejidad, y este mes en concreto porque no terminaban de darle el visto bueno, debido a las fotos de desnudos, fotos seleccionadas de los moldeadores de la luz.

Ni que decir tiene que podríamos hacer más publicidad de nuestro producto, que podríamos —y acaso deberíamos— regodearnos en los logros conseguidos hasta ahora y cacarear con suficiencia el resultado de nuestro trabajo. No sé si con esto mejoraríamos nuestra revista, que es y ha sido siempre nuestro objetivo, pero seguramente fortificaríamos nuestro ego. Puedo decir que el mío lo tengo bien asentado y no necesito mayores efusiones, pero también es cierto que a nadie le amarga un dulce y que es muy dulce el sabor del éxito. Y no de otra forma puede calificarse la trayectoria y el rumbo de nuestra revista. Éxito, sí; y aunque me asusta mucho la posibilidad de morir de éxito —ese tópico que acecha inmisericorde a quienes se dejan llevar por la petulancia—, también es cierto que mirando hacia atrás siempre se aprende de aciertos y errores. Y en estos diez años y pico, Luz y Tinta ha tenido sus aciertos y sus errores, aunque estos últimos no pienso cacarearlos.

Por eso, de cara al próximo año, en mi lista de buenos propósitos que sacar adelante, me voy a anotar esto de cacarear de vez en cuando nuestra revista. Eso sí, si me da tiempo, que el día 10 de cada mes tengo una cita con nuestros lectores y no quiero perdérmela.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 117 Noviembre 2021

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PRESENTACIÓN

Río revuelto.

 

Desde que empecé́ a leer la prensa diaria asiduamente, allá́ por mis años de estudiante de bachiller, siempre me han gustado los números especiales de fin de año, a modo de almanaques, en que se recoge un resumen de lo que ha sido el año que finaliza. Resúmenes que, sobre todo en las páginas culturales, me ponen al día de lo que me he perdido y debo rescatar en los meses siguientes: novelas, películas, exposiciones antológicas... y últimamente, series, esa moda que se nos ha colado en nuestros televisores por la puerta de atrás y sin remedio.

Sin embargo, a los resúmenes de este año, los temo: serán un nuevo revival de la pandemia que no cesa y del desastre natural del volcán de la Palma, que lleva ya más de 50 días vomitando lava destructora y que amenaza con la destrucción total de la isla, consumada ya la ruina ambiental de lo que en su día fue un paraíso. Serán dichos resúmenes un nuevo recuerdo de la crisis del PP, el mayor partido de la oposición enfrentado a su propia crisis interna —Ayuso contra Génova— y a los capirotazos de la trama Gürtel y los afluentes de corrupción que alimentan ese cuerpo central. Nos hablaran también dichos resúmenes de las dificultades del PSOE para suscribir unos presupuestos que den estabilidad la legislatura y a los acuerdos de la coalición gubernamental. Serán unos resúmenes, insisto, en los que se hablará además de globalización, de la escasez de componentes que la crisis mundial acentúa, de las contradicciones y los últimos coletazos del Brexit: es decir, una suerte de apocalipsis que estos días está teniendo su máxima expresión en la conferencia de Glasgow sobre cambio climático.

Ahí́ es nada, una cumbre mundial para poner a todos los países de acuerdo en algo en lo que ya estamos todos de acuerdo: o hacemos algo, y algo serio, con compromisos concretos y plazos de ejecución, o nos cargamos lo poco que queda del planeta Tierra. Dicho así́, drásticamente, suena bastante apocalíptico, y sin embargo es lo que todos los dirigentes —o casi todos, vaya, siempre hay excepciones— del mundo dicen un día y otro, con voces reposadas como la Barack Obama, que ha puesto el dedo en muchas llagas, o voces más histriónicas, como la de esa adolescente Greta Thumberg que clama en el desierto por esas medidas capaces de frenar el cambio climático y con él la catástrofe que día a día estamos alimentando con nuestras emisiones, nuestros residuos y nuestras inhibiciones.

Porque, por lo que leo en la prensa de estos días en esta cumbre de Glasgow los dirigentes de unos y otros países son incapaces de cerrar acuerdos globales —y mucho menos, compromisos— y se pasean por los pasillos de la negociación como fantasmas sin destino o, por decirlo de una manera más gráfica, como pescadores en río revuelto. No quiero pensar mal, pero me temo que algunos países, con su reticencia a poner remedio y fecha límite a esta innegable catástrofe, están buscando eso, pescar en el río revuelto del calentamiento global y cerrar caja con beneficios de dudoso origen. Aunque ellos no tengan dudas: cuanto más arrasen el medio ambiente mundial más beneficios llegarán a sus ambiciosas arcas.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 116 Octubre 2021

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PRESENTACIÓN

Los periódicos de esta mañana vienen, por fin, con buenas noticias. Al lado de la gran debacle sísmica de la isla de La Palma, que afortunadamente solo ha producido daños materiales, eso sí, cuantiosos y angustiosos; y al lado del inquietante goteo de los Pandora Papers, encontramos sin embargo noticias alentadoras en torno al coronavirus y sus consecuencias, que nos han estado machacando los dos últimos años.

Por fin, ha bajado el listón de contagios hasta límites tranquilizadores, nos dicen los periódicos de esta mañana; insisto en esto de los periódicos de hoy, porque este virus es tan traidor y la inconsciencia es tanta por parte de algunos grupos que mañana quizás vuelvan a teñirse las previsiones de gris oscuro, si no negro. Pero hoy los titulares destilan optimismo.

En algunas regiones, como la nuestra, Asturias, dada la evolución favorable de la pandemia en las últimas fechas, se han limitado las antiguas restricciones y se han abierto cauces a eso que se llama “nueva normalidad”, que no es otra cosa que volver a lo que vivíamos cuando aún no había atacado el virus en ninguna de sus mutaciones. Eso sí, con algunas secuelas. El periódico señala dos de ellas: se mantiene el uso de las mascarillas en interiores y todavía no se permite fumar en las terrazas.

Como no soy fumador, no se me alcanza el trastorno que pueda suponer fumar o no en las terrazas. En cuanto a las mascarillas, no me resisto a contar una anécdota bien clara de la persistencia en su uso. Hace un par de meses, coincidí con el presidente del Principado, Adrián Barbón, en el jurado del Premio de la Fundación Emilio Barbón. Hablando de todo un poco después del fallo, le pregunté para cuándo preveía que pudiéramos prescindir de la molesta mascarilla y el presidente me contestó, modo galaico, con otra pregunta: ¿Cuántos catarros tuviste este invierno? Unida la respuesta a esta pregunta con las previsiones de los virólogos y especialistas, a nadie se le escapa que tendremos mascarilla para rato; al menos, hasta la primavera, y luego ya veremos.

Pero la relajación de las restricciones sanitarias trae como consecuencia otra serie de mejoras, como el que se recuperen los juegos colectivos —estos, sin mascarilla— en los recreos de colegios e institutos y que establezca la total normalidad en las visitas a residencias de ancianos y hospitales.

Aunque la novedad que más destaca la prensa es la vuelta a las barras de los bares, que hasta ahora estaba prohibida, relegando las tertulias a las mesas de cuatro o de seis. La barra del bar es el ágora moderna, el lugar en que se debate de todo y todos tienen razón en función de lo que alcen la voz, aunque últimamente los smartphone han rebajado la tensión de las discusiones y han instaurado la Wikipedia como árbitro supremo.

Recuperar la barra de los bares supone, ni más ni menos, que olvidar parte de lo pasado y enfocar el futuro con optimismo. Aunque haya que calzarse la mascarilla entre trago y trago. Por eso, esta tarde acudiré a mi sidrería de costumbre, me situaré en una esquina de la barra, tomaré un “culín” de pie (que ya era hora) y esperaré a mis contertulios habituales para discutir estas medidas que estoy comentando —seguro que alguno estará en contra— y, aunque no soy aficionado al fútbol, para tentar la actualidad del derbi Oviedo-Gijón. Porque esa es otra, la barra es el púlpito del fútbol y la mejor escuela de entrenadores que se conozca. Y ya sabemos que, desde la semana pasada, los campos de fútbol han recuperado su aforo habitual. Esto es vida.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 115. Septiembre 2021

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PRESENTACIÓN

De cara al futuro cercano.

Buscando hace unos días en una de mis carpetas un dato para algo que ahora no importa, encontré sin embargo un par de notas que, por nostalgia, me hicieron cierta iusión. Se trataba de notas en las que había apuntado ideas sueltas para el contenido de esta revista, Luz y Tinta. Ha pasado más de una década desde entonces y, siguiendo el vaivén del tiempo, esta revista ha cambiado, creo yo que por evolución lógica, pero manteniendo el espíritu de aquellas notas que contenían el germen de lo que hoy somos. Me llamó la atención que la primera de las ideas que allí tenía anotada era la incorporación de las fotos seleccionadas cada mes en Moldeando la luz y sin embargo ha sido una de las últimas ideas, sino la última que ha subido a nuestro sumario.

Dentro de la lógica evolución de contenidos y diseño, aunque manteniendo el mismo espíritu, como un mes antes de que se iniciara la pandemia que nos azota actualmente, habíamos mantenido una reunión un grupo de allegados a la revista y a la red social con el objetivo de intercambiar ideas y programar algo cara al futuro. De aquella reunión salió la idea de convertirnos en Asociación Cultural, para darle cauce legal a nuestras actuaciones. Pero luego el Covid-19 nos recluyó en casa y todo quedó en un bonito proyecto que habrá que retomar en cuanto las circunstancias lo permitan, y todo apunta a que no está lejano el día en que, con las obligadas precaucioes, podamos retomar la vida normal.

Ideas no faltan, y bien patentes y expuestas quedaron en aquella reunión; y parece que ánimos tampoco. Así que en los próximos meses habrá que retomar los pasados proyectos y comenzar a desarrollarlos, con la idea de mantener vivo el espíritu de Moldeando la luz y de Luz y Tinta.

Nuestras páginas informarán cumplidamente de cuanto se vaya avanzando en este sentido. Atrás quedará la pandemia, como un mal recuerdo, como un paréntesis en nuestros proyectos que esperamos tengan la misma vitalidad que esta revista que en su ya larga trayectoria ha sabido mantener el pulso más allá de las previsiones iniciales.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 113. Junio 2021

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Presentación

Mascarillas fuera

La mascarilla es como el símbolo, el referente directo de esta pandemia del coronavirus que nos asedia desde hace más de un año. Cuando todo esto pase, y esperemos que sea pronto, la mascarilla será el molesto recuerdo de una situación sanitaria que con el tiempo iremos conociendo en toda su dimensión; una dimensión que no excluye manipulaciones desafortunadas en algún laboratorio. Aunque las causas, que serán muy útiles para los científicos a fin de prevenir situaciones similares, a la gente de a pie, a los que caminamos en las aceras, nos resultan ajenas: lo importante es saber cómo combatir, cómo protegerse, cómo curar esta invasión que en algún momento parecía incontrolable.

La mascarilla es un buen ejemplo del desconcierto general en que nos sumió la Covid-19. En un principio, no se aconsejaba y científicos hubo que predicaron en su contra. Con el tiempo fue afianzándose su necesidad y con ella su uso y, al fin, devino obligatoria. Tanto que hoy parece extraño encontrar a alguien en la calle sin ella, a pesar de merecer todos los denuestos, por su incomodidad y por el calor que provoca, sin ir más lejos; y no digamos la molestia que genera en quienes usamos gafas. Personalmente me las veo y me las deseo para controlar el empañamiento, por lo que en la calle suelo andar sin gafas, para evitar andar a tientas. Todos estos inconvenientes y molestias los damos, sin embargo, por bien empleados a cambio de la tranquilidad de saber que, con esa barrera tapando nariz y boca, el virus maldito tiene más dificultades para atacar nuestro organismo.

En estos días, cuando la vacunación comienza a ser masiva y caen las cifras de afectados por el Covid, ya comienzan a sonar tambores y rumores que hablan de que a finales de este mes de junio es posible que las autoridades sanitarias españolas permitan desprenderse de la mascarilla en lugares abiertos. O sea, en la calle. Como ya han hecho en otros lugares. Ello acarreará el problema del control personal de andar quitando o poniendo la defensa según se entre o se salga de lugares abiertos y cerrados, de espacios potencialmente contagiosos y espacios libres de virus. Claro que será menos la molestia psicológica de saber cuándo hay que quitársela o ponérsela que la incomodidad permanente de esa mascarilla que ya creíamos eterna.

Ojalá las autoridades sanitarias acierten con la medida y, sobre todo, con el tiempo de su aplicación. Será bienvenida la medida, pero pensando siempre en la falta de empatía de quienes siempre tiran por la calle del medio y, cuando se promulgue el uso de la mascarilla en solo interiores, interpretarán que ya no es necesaria en ningún lugar y expondrán a los demás a riesgos fácilmente evitables.

Mascarillas fuera, sí, pero con cuidado, que la salud siempre hemos dicho que es importante cuando no toca la lotería y ahora nos ha tocado a todos esta agobiante pedrea.

Por favor.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 112. Mayo 2021

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PRESENTACIÓN

Fin de semana pletórico.

Escribo francamente desconcertado y alarmado en esta tarde del 9 de mayo en que parece que se ha abierto el postigo de la insensatez y por todas partes asoma el rostro de ceniza de la irresponsabilidad.

Me explico. Hoy 9 de mayo ha terminado el estado de alarma en España y parece que han sonado las trompetas de Jericó y han caído las murallas del sentido común. Entiendo que el estado de alarma es una situación jurídica que da a los aparatos jurídicos —insisto— del Estado determinadas competencias en la suspensión temporal de algunos derechos civiles, por otra parte irrenunciables, como el derecho de reunión. Y todo ello por una razón que todos debiéramos entender porque a todos nos afecta: la pandemia del coronavirus se expande y contagia con el contacto humano, como por activa y por pasiva nos han explicado las autoridades sanitarias. Para acentuar la eficacia de las medidas sanitarias se nos impone el uso de mascarillas, el confinamiento y este estado de alarma que engloba otra serie de medidas, como el toque de queda que tanto molesta a los que claman por una libertad que, demostrado están, no han sabido ejercer.

La libertad que desde algunos sectores se invoca en estos momentos, hay que decirlo claro, es la libertad de emborracharse en grupo, en lo que llamamos botellón, es decir, para no perder el discurso, en una situación propicia para la expansión de la pandemia. Lo he visto en todos los telediarios: grupos de jóvenes con la mascarilla terciada y dándole caña a su bebida preferida, mientras saltan y gritan, celebrando el fin de una situación jurídica —vuelvo a insistir— que no es paralela al fin de la pandemia.

Aparte de la perversión del sentido de la libertad —sé lo que me digo, pues pertenezco a una generación que tuvo que luchar por la libertad frente a una dictadura férrea y crecida—, la actitud de estos jóvenes reclamando libertad con el único objetivo de alimentar su dipsomanía, a más de irresponsable, es totalmente ridícula. Pero entronca con la actitud de algunos políticos y de algunos informadores que han hecho de la posibilidad de acudir a los bares una especie de talismán frente vaya usted a saber qué otras posibilidades.

Ya en el verano pasado se levantó un clamor reclamando bares y playas, lo que a continuación nos trajo una segunda ola más acendrada que la primera. Lo que este descorche masivo nos traiga aún no lo sabemos, aunque todo parece indicar que, a pesar del incremento de las vacunas, también será notable. Y más si se hace del desmadre etílico una ambición de cuyas consecuencias habrá que lamentarse meses más tarde.

Pues lo que nadie puede dudar ni negar es que el virus sigue ahí, vivo y coleando, ajeno a nuestra deriva jurídica y con una capacidad de contagio que está poniendo a prueba todos nuestros avances sanitarios de las últimas décadas. Y lo que nadie duda a estas alturas es de que ha venido para quedarse, para convivir con nosotros y nuestras mascarillas, para atropellar nuestras euforias y para saltar a nuestro sistema inmunitario en cuanto le abrimos la mínima posibilidad.

Y esta posibilidad de los botellones descontrolados no es precisamente mínima.

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 111. Abril 2021

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Vacúnese, haga el favor

Hay temporadas en que una palabra se pone de moda, o la ponen de moda nuestros políticos, lo que es lo mismo, y se la escucha a todas horas. Actualmente la palabra de moda es “vacuna”. En cuanto uno pone la televisión o la radio, o abre un periódico o se sumerge en las redes sociales, la palabra “vacuna” lo llena todo. Es sin duda la más oída y, por supuesto, la que concentra todas nuestras esperanzas de vencer a la pandemia del Covid-19. Claro que de tanto usarla vamos a acabar desgastándola y llegará un momento en que no nos diga nada.

Aunque mucho me temo que esto de la vacuna puede ser como aquello del perrito de Alcibíades que nos contaba antaño un profesor de Historia y que no se me ha olvidado. Según aquel profesor Alcibíades era un ateniense muy pagado de sí mismo que, cuando estaba en Atenas en lugar de ganando batallas con sus malas artes, se paseaba por el Ágora para que todos hablasen de él; pero ocurrió́ que todo el mundo se acostumbró a verlo en sus paseos y dejaron de mencionarle; entonces, para dar pábulo a nuevos comentarios, se hizo acompañar de un perrito en sus paseos y, cuando ya en el ágora estaban acostumbrados al dichoso perrito, mandó que le cortasen el rabo, con lo cual volvieron a renacer los comentarios.

Pues bien, me temo que esto de las vacunas es como lo de aquel perrito, una pantalla, una cortina de humo que intenta desviar la atención sobre un asunto de mayor enjundia cuyo debate se pretende evitar.

Sin ir más lejos, yo no me creo el mareo —de babor a estribor y de proa a popa— a que nos está llevando la vacuna Astrazéneca y los cambios de grupos de edades que provoca y toda la inquietud que está sembrando. Nada sabemos de los efectos secundarios de Pfizer o la Moderna. Es más, ni nos importan, se diría. De la Astrazéneca cada día nos informan de uno de sus malos síntomas y nos dicen quién y cómo ha sido afectado. Como si cada día le cortaran un trocito al rabo del perro para dar que decir y mientras se dice nos olvidamos de algo más serio.

En la misma línea, tampoco me creo que Isabel Díaz Ayuso y sus técnicos y asesores sean tan chapuceros de programar las vacunaciones de Madrid generando colas de tres y hasta cuatro horas de espera. Con lo fácil que es hoy, vía móvil, organizar un evento de estas características. Pero como estamos en plena precampaña electoral han tirado del ejemplo del perro y están dando que hablar, conscientes de que cada vez que se mencione el nombre de la todavía presidenta se está agitando la faltriquera de los votos.

Igual que tampoco puedo creerme que, a día de hoy, cuando ha pasado más de un año desde que se inició la pandemia, y con todo lo que se ha hablado y se habla de las vacunas, en la Unión Europea anden todavía montados en el despiste sin ser capaces de garantizar que habrá vacunas para todos en determinado plazo, ni qué clase de vacunas, ni con qué efectos secundarios, ni a qué grupos de edades pueden o no afectar.

Por eso, cuando a Pedro Sánchez se le llena la boca de agua diciendo aquello de “vacunar, vacunar y vacunar”, a más de uno de sus asesores no le llegará la camisa al cuello, conscientes de que el mensaje puede entenderse como pura logomaquia, pues parece que está entrando en el juego antes de que se repartan las cartas.

En fin, y resumo, que tenemos palabra de moda y que el perrito de Alcibíades vuelve a pasearse por el ágora. Lo que no sé es cuando le cortarán el rabo, aunque sí estoy seguro de que dejaremos de oír la manoseada palabra cuando, por fin, todos estemos vacunados. Aunque sea con la denostada Astrazéneca.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 110. Marzo 2021

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Volver la vista atrás

 

A veces merece la pena volver la vista atrás y, mirando por el retrovisor de la nostalgia, centrarse en recordar momentos felices, momentos únicos, chispazos de vida feliz, o quizás solo de vida, y concentrarse en la memoria, en ese limbo en el que todo sucede y realmente nada pasa. Recordar, quizás como sinónimo de volver a vivir.

Y recordar, sobre todo, cosas pequeñas; evocar un tiempo de felicidad rodeado de familiares y buenos amigos, seres queridos que dan sentido a una existencia; recrearse en una tarde de lectura fructífera o una mañana de trabajo agradablemente sobrellevado o en una puesta de sol cuajada de arreboles o un amanecer frente al mar, quizás con una ligera resaca; reconocer en sus distintas circunstancias los momentos de amor de un tiempo que ya no volverá, esos momentos íntimos que no se pueden traducir en palabras ni merece la pena hacerlo; tener en cuenta algunos instantes consumidos en admirar hermosas fotos en Moldeando la luz o leyendo intrigantes relatos de Luz y Tinta; volver la vista atrás para rememorar un paisaje de montaña, si es asturiana, mejor, donde quizás algunas veces buscamos un trébol de cuatro hojas que alimentó nuestra ansiedad ante el poder de seducción de la naturaleza.

En fin, merece la pena seguir por el retrovisor de la nostalgia todas esas cosas, pequeños detalles o grandes momentos, por los que merece la pena vivir.

Todos esos momentos, grandes o pequeños, que nos hacen olvidar que llevamos un año pendientes del Covid-19 y sus consecuencias

Francisco Trinidad

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