Luz y Tinta. La revista de Moldeando la luz

 

 

!!Y nos vimos en SIETES!!, "SIETES EN EL CORAZÓN

Estimados Moldeadores, este es un post colectivo, coloca en tu comentario hasta un máximo de 5 fotos sobre las actividades de este día, queremos ver a través de tus ojos la visión de este encuentro.

GRACIAS.

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Se trataba de inaugurar la tercera edición de la página web Moldeando la luz 3 y para ello, los promotores pensaron en un lugar emblemático, el pueblo de Sietes, en el asturiano concejo de Villaviciosa. La cita era en Villaviciosa, a las 12 de la mañana del día 17 de abril de 2010; y allá nos fuimos, puntuales y expectantes, pues aunque todos teníamos noticia de los demás y conocíamos sus fotos y su forma de mirar a través de objetivos y displays, el conocimiento personal era un salto en el vacío, un paso del rubicón que había que atravesar con los riesgos que a veces el contacto personal supone.

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Pero era un día de fiesta, el sol lucía espléndidamente y los dioses de la fotografía se habían puesto de nuestro lado. Así que fuimos llegando unos y otros, cada uno desde un lugar distinto; fuimos arremolinándonos en torno a la idea conjunta de pasarlo bien y de compartir unas horas y todo estuvo a nuestro favor, y a favor de la fotografía, desde el primer momento y hasta el último.

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Allá fueron llegando Juanjo y Carmen, que venían de Madrid aprovechando la suspensión de un vuelo; MariaCastanha y Syra desde Ourense; y el grupo asturiano, más numeroso, como es lógico: Eladio Begega, Marce, Albino Suárez, Andrés Zapico, Abel, Héctor, Miguel León, Anay, Dime ho, Jorge, José Luis, Kamarón y Paco Trinidad, acompañados en algunos casos de amigos y consortes. Por supuesto, desde el primer momento y cuidando todos los detalles, Guendy y Marta, como auténticos anfitriones.

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Nos esperaba un autocar en el que subimos rumbo a Valdediós, sirviéndonos de guía Etelvino González López, intelectual asturiano, natural, vecino y estudioso de Villaviciosa, y presidente de Cubera. Asociación de amigos del paisaje de Villaviciosa, que puso toda su erudición al servicio del grupo y fue explicándonos a lo largo del camino determinados pormenores del recorrido haciendo especial hincapié en detalles del paisaje que nos envolvía con la magia verdosa de la primavera y en iglesias que jalonan el camino hacia Valdediós, Valle de Dios, como lo llamaron los primitivos monjes del Císter que lo habitaron.

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En aquella maravilla de la naturaleza y el arte, donde pudimos admirar el contraste entre el prerrománico y el románico, guiados por un magnífico guía local, Adrián Carneado, que nos contó que era hijo y nietos de guías de Valdediós, y que no se perdió en anécdotas personales sino que fue a la almendra de lo realmente interesante, dejando que los espectadores juzgaran y que el arte fuera protagonista. Su la palabra fue siempre oportuna y ajustada.

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Allí, lógicamente, comenzó el festival fotográfico de esta página. El grupo dejó de serlo y cada uno buscaba su rincón, su encuadre y la mejor forma de encerrar en su cámara el misterio cisterciense que nos abrazaba con su silencio y su recogimiento.
Por el camino se nos había unido José Luis Maylín, que nadie supo de donde había salido y que dicen las malas lenguas que no hizo apenas fotografía alguna porque no encontró desnudo que llevarse al objetivo, aunque las piedras desnudas invitaran a un ejercicio de contraste lúcido y desenfadado. Hasta Albino Suárez, que lucía en su solapa su habitual y definitoria insignia republicana, recogió en su cámara detalles y motivos.




Tras la visita a Valdediós, rondando las dos de la tarde, de nuevo al autocar con destino a Sietes, en donde nos esperaba Mary Flor, recién llegada de Gijón, con lo que nos sumergimos en una nueva ronda de saludos en el que se mezclaban besos con abrazos y apretones de manos con intercambio de apodos.

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Por un momento se aparcaron las cámaras fotográficas y la sidra y las buenas viandas que la acompañaron tomaron protagonismo en un ambiente de camaradería compartido, en un trasvase fructífero del excelente ambiente virtual que se respira en la web Moldeando la luz a la familiaridad y compañerismo que presidió nuestra comida, al aire libre y disfrutando de un día magnífico.

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Casi al final de la comida, tuvimos ocasión de vivir otro momento emocionante: Harri y Cristina se nos unieron casi por sorpresa y de nuevo hubo un murmullo de besos y recorrió los rostros la sonrisa abierta. En ese momento fue quizás cuando más evidente se hizo la presencia de los ausentes, que en ningún momento del día pudimos dejar de añorar.

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A los postres, con los cafés humeando, fue el momento del homenaje. Sin discursos que alargaran la emoción, Guendy explicó que se homenajeaba a los dos veteranos de la página, Eladio Begega y Manuel Cascales, con una trayectoria personal y profesional detraás que justifica todos los homenajes y avala todos los reconocimientos. Se les entregó un cuidado diploma diseñado para la ocasión por el ausente que todos recordamos Eugenio, junto con el abrazo y la consideración de todos los presentes.

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Luego fue la dispersión general. Cada uno con su cámara, como brujas montadas en la escoba de la afición, se fueron recorriendo todos los rincones del pueblo, sacando chispas de las piedras y avivando el fuego de los comentarios y las experiencias comunes.

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Y ni siquiera en ese momento cesó el runrún que desde la mañana recorría todas las conversaciones. Hubo durante todo el día un rumor que recorría el grupo, apagando las voces y forzando tonos de voz pendientes de reacciones externas. Era un rumor que volvía una y otra vez, como en un ritornelo incontrolable, y que se incendiaba en cuanto alguno creía encontrar un nuevo apoyo a lo que creía una intuición o un dato definitivo que avalara su tesis. Y es que sin saber cómo ni porqué creció la idea de que Troski estaba entre nosotros y el grupo se esforzó en adivinar quién era de los presentes el rostro que habitualmente se esconde bajo una capucha impenetrable. Al final, todo quedó en tablas y hubo muchos que hacían cuentas y repasos de rostros y nombres sin llegar a convencerse del todo de una realidad que a nadie satisfacía en plenitud.

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A las seis de la tarde, vuelta al autocar. En ese momento se desató la tormenta, como para certificar la despedida, y la foto a la salida de Sietes, bajo una lluvia desconsiderada, parecía haber puesto de acuerdo nuestra tristeza con la evolución del tiempo. Porque, oh milagro, a nuestra llegada a Villaviciosa había dejado de llover y pudimos hacer esa foto junto a la escultura de Úrculo —de la que Etelvino nos explicó que el artista había pretendido reflejar su sombrero como cuerno de la abundancia del que salen siete lustrosas manzanas—, en recuerdo de Lola, que la había pedido, pero sobre todo pudimos hacer una visita a la villa guiados por Etelvino González, que conoce y trata de tú a tú todos los rincones y piedras del lugar, introduciéndonos en una visión muy personal de una villa que tiene muy poco de viciosa y mucho de histórica.




La despedida fue triste, como no podía ser menos, pero dejó bien claro que, trascendido el espacio virtual, el espíritu de Moldeando la luz había presidido un encuentro que habrá que repetir y en el que lo primordial fue la concordia de amigos unidos por una misma afición, el buen humor y el interés por descubrir nuevos ángulos de enfoque para la fotografía, pero sobre todo para la amistad, convencidos de que sin espíritu todas las fotos habrán de salir movidas. Por eso, desde esa despedida, a pesar de la tormenta que nos despidió en el pueblo, todos habremos de llevar a Sietes en el corazón durante mucho tiempo.
MOLDEANDO LA LUZ.

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