Luz y Tinta. La revista de Moldeando la luz

 

 

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Luz y Tinta Nº 116 Octubre 2021

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PRESENTACIÓN

Los periódicos de esta mañana vienen, por fin, con buenas noticias. Al lado de la gran debacle sísmica de la isla de La Palma, que afortunadamente solo ha producido daños materiales, eso sí, cuantiosos y angustiosos; y al lado del inquietante goteo de los Pandora Papers, encontramos sin embargo noticias alentadoras en torno al coronavirus y sus consecuencias, que nos han estado machacando los dos últimos años.

Por fin, ha bajado el listón de contagios hasta límites tranquilizadores, nos dicen los periódicos de esta mañana; insisto en esto de los periódicos de hoy, porque este virus es tan traidor y la inconsciencia es tanta por parte de algunos grupos que mañana quizás vuelvan a teñirse las previsiones de gris oscuro, si no negro. Pero hoy los titulares destilan optimismo.

En algunas regiones, como la nuestra, Asturias, dada la evolución favorable de la pandemia en las últimas fechas, se han limitado las antiguas restricciones y se han abierto cauces a eso que se llama “nueva normalidad”, que no es otra cosa que volver a lo que vivíamos cuando aún no había atacado el virus en ninguna de sus mutaciones. Eso sí, con algunas secuelas. El periódico señala dos de ellas: se mantiene el uso de las mascarillas en interiores y todavía no se permite fumar en las terrazas.

Como no soy fumador, no se me alcanza el trastorno que pueda suponer fumar o no en las terrazas. En cuanto a las mascarillas, no me resisto a contar una anécdota bien clara de la persistencia en su uso. Hace un par de meses, coincidí con el presidente del Principado, Adrián Barbón, en el jurado del Premio de la Fundación Emilio Barbón. Hablando de todo un poco después del fallo, le pregunté para cuándo preveía que pudiéramos prescindir de la molesta mascarilla y el presidente me contestó, modo galaico, con otra pregunta: ¿Cuántos catarros tuviste este invierno? Unida la respuesta a esta pregunta con las previsiones de los virólogos y especialistas, a nadie se le escapa que tendremos mascarilla para rato; al menos, hasta la primavera, y luego ya veremos.

Pero la relajación de las restricciones sanitarias trae como consecuencia otra serie de mejoras, como el que se recuperen los juegos colectivos —estos, sin mascarilla— en los recreos de colegios e institutos y que establezca la total normalidad en las visitas a residencias de ancianos y hospitales.

Aunque la novedad que más destaca la prensa es la vuelta a las barras de los bares, que hasta ahora estaba prohibida, relegando las tertulias a las mesas de cuatro o de seis. La barra del bar es el ágora moderna, el lugar en que se debate de todo y todos tienen razón en función de lo que alcen la voz, aunque últimamente los smartphone han rebajado la tensión de las discusiones y han instaurado la Wikipedia como árbitro supremo.

Recuperar la barra de los bares supone, ni más ni menos, que olvidar parte de lo pasado y enfocar el futuro con optimismo. Aunque haya que calzarse la mascarilla entre trago y trago. Por eso, esta tarde acudiré a mi sidrería de costumbre, me situaré en una esquina de la barra, tomaré un “culín” de pie (que ya era hora) y esperaré a mis contertulios habituales para discutir estas medidas que estoy comentando —seguro que alguno estará en contra— y, aunque no soy aficionado al fútbol, para tentar la actualidad del derbi Oviedo-Gijón. Porque esa es otra, la barra es el púlpito del fútbol y la mejor escuela de entrenadores que se conozca. Y ya sabemos que, desde la semana pasada, los campos de fútbol han recuperado su aforo habitual. Esto es vida.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 115. Septiembre 2021

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PRESENTACIÓN

De cara al futuro cercano.

Buscando hace unos días en una de mis carpetas un dato para algo que ahora no importa, encontré sin embargo un par de notas que, por nostalgia, me hicieron cierta iusión. Se trataba de notas en las que había apuntado ideas sueltas para el contenido de esta revista, Luz y Tinta. Ha pasado más de una década desde entonces y, siguiendo el vaivén del tiempo, esta revista ha cambiado, creo yo que por evolución lógica, pero manteniendo el espíritu de aquellas notas que contenían el germen de lo que hoy somos. Me llamó la atención que la primera de las ideas que allí tenía anotada era la incorporación de las fotos seleccionadas cada mes en Moldeando la luz y sin embargo ha sido una de las últimas ideas, sino la última que ha subido a nuestro sumario.

Dentro de la lógica evolución de contenidos y diseño, aunque manteniendo el mismo espíritu, como un mes antes de que se iniciara la pandemia que nos azota actualmente, habíamos mantenido una reunión un grupo de allegados a la revista y a la red social con el objetivo de intercambiar ideas y programar algo cara al futuro. De aquella reunión salió la idea de convertirnos en Asociación Cultural, para darle cauce legal a nuestras actuaciones. Pero luego el Covid-19 nos recluyó en casa y todo quedó en un bonito proyecto que habrá que retomar en cuanto las circunstancias lo permitan, y todo apunta a que no está lejano el día en que, con las obligadas precaucioes, podamos retomar la vida normal.

Ideas no faltan, y bien patentes y expuestas quedaron en aquella reunión; y parece que ánimos tampoco. Así que en los próximos meses habrá que retomar los pasados proyectos y comenzar a desarrollarlos, con la idea de mantener vivo el espíritu de Moldeando la luz y de Luz y Tinta.

Nuestras páginas informarán cumplidamente de cuanto se vaya avanzando en este sentido. Atrás quedará la pandemia, como un mal recuerdo, como un paréntesis en nuestros proyectos que esperamos tengan la misma vitalidad que esta revista que en su ya larga trayectoria ha sabido mantener el pulso más allá de las previsiones iniciales.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 113. Junio 2021

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Presentación

Mascarillas fuera

La mascarilla es como el símbolo, el referente directo de esta pandemia del coronavirus que nos asedia desde hace más de un año. Cuando todo esto pase, y esperemos que sea pronto, la mascarilla será el molesto recuerdo de una situación sanitaria que con el tiempo iremos conociendo en toda su dimensión; una dimensión que no excluye manipulaciones desafortunadas en algún laboratorio. Aunque las causas, que serán muy útiles para los científicos a fin de prevenir situaciones similares, a la gente de a pie, a los que caminamos en las aceras, nos resultan ajenas: lo importante es saber cómo combatir, cómo protegerse, cómo curar esta invasión que en algún momento parecía incontrolable.

La mascarilla es un buen ejemplo del desconcierto general en que nos sumió la Covid-19. En un principio, no se aconsejaba y científicos hubo que predicaron en su contra. Con el tiempo fue afianzándose su necesidad y con ella su uso y, al fin, devino obligatoria. Tanto que hoy parece extraño encontrar a alguien en la calle sin ella, a pesar de merecer todos los denuestos, por su incomodidad y por el calor que provoca, sin ir más lejos; y no digamos la molestia que genera en quienes usamos gafas. Personalmente me las veo y me las deseo para controlar el empañamiento, por lo que en la calle suelo andar sin gafas, para evitar andar a tientas. Todos estos inconvenientes y molestias los damos, sin embargo, por bien empleados a cambio de la tranquilidad de saber que, con esa barrera tapando nariz y boca, el virus maldito tiene más dificultades para atacar nuestro organismo.

En estos días, cuando la vacunación comienza a ser masiva y caen las cifras de afectados por el Covid, ya comienzan a sonar tambores y rumores que hablan de que a finales de este mes de junio es posible que las autoridades sanitarias españolas permitan desprenderse de la mascarilla en lugares abiertos. O sea, en la calle. Como ya han hecho en otros lugares. Ello acarreará el problema del control personal de andar quitando o poniendo la defensa según se entre o se salga de lugares abiertos y cerrados, de espacios potencialmente contagiosos y espacios libres de virus. Claro que será menos la molestia psicológica de saber cuándo hay que quitársela o ponérsela que la incomodidad permanente de esa mascarilla que ya creíamos eterna.

Ojalá las autoridades sanitarias acierten con la medida y, sobre todo, con el tiempo de su aplicación. Será bienvenida la medida, pero pensando siempre en la falta de empatía de quienes siempre tiran por la calle del medio y, cuando se promulgue el uso de la mascarilla en solo interiores, interpretarán que ya no es necesaria en ningún lugar y expondrán a los demás a riesgos fácilmente evitables.

Mascarillas fuera, sí, pero con cuidado, que la salud siempre hemos dicho que es importante cuando no toca la lotería y ahora nos ha tocado a todos esta agobiante pedrea.

Por favor.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 112. Mayo 2021

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PRESENTACIÓN

Fin de semana pletórico.

Escribo francamente desconcertado y alarmado en esta tarde del 9 de mayo en que parece que se ha abierto el postigo de la insensatez y por todas partes asoma el rostro de ceniza de la irresponsabilidad.

Me explico. Hoy 9 de mayo ha terminado el estado de alarma en España y parece que han sonado las trompetas de Jericó y han caído las murallas del sentido común. Entiendo que el estado de alarma es una situación jurídica que da a los aparatos jurídicos —insisto— del Estado determinadas competencias en la suspensión temporal de algunos derechos civiles, por otra parte irrenunciables, como el derecho de reunión. Y todo ello por una razón que todos debiéramos entender porque a todos nos afecta: la pandemia del coronavirus se expande y contagia con el contacto humano, como por activa y por pasiva nos han explicado las autoridades sanitarias. Para acentuar la eficacia de las medidas sanitarias se nos impone el uso de mascarillas, el confinamiento y este estado de alarma que engloba otra serie de medidas, como el toque de queda que tanto molesta a los que claman por una libertad que, demostrado están, no han sabido ejercer.

La libertad que desde algunos sectores se invoca en estos momentos, hay que decirlo claro, es la libertad de emborracharse en grupo, en lo que llamamos botellón, es decir, para no perder el discurso, en una situación propicia para la expansión de la pandemia. Lo he visto en todos los telediarios: grupos de jóvenes con la mascarilla terciada y dándole caña a su bebida preferida, mientras saltan y gritan, celebrando el fin de una situación jurídica —vuelvo a insistir— que no es paralela al fin de la pandemia.

Aparte de la perversión del sentido de la libertad —sé lo que me digo, pues pertenezco a una generación que tuvo que luchar por la libertad frente a una dictadura férrea y crecida—, la actitud de estos jóvenes reclamando libertad con el único objetivo de alimentar su dipsomanía, a más de irresponsable, es totalmente ridícula. Pero entronca con la actitud de algunos políticos y de algunos informadores que han hecho de la posibilidad de acudir a los bares una especie de talismán frente vaya usted a saber qué otras posibilidades.

Ya en el verano pasado se levantó un clamor reclamando bares y playas, lo que a continuación nos trajo una segunda ola más acendrada que la primera. Lo que este descorche masivo nos traiga aún no lo sabemos, aunque todo parece indicar que, a pesar del incremento de las vacunas, también será notable. Y más si se hace del desmadre etílico una ambición de cuyas consecuencias habrá que lamentarse meses más tarde.

Pues lo que nadie puede dudar ni negar es que el virus sigue ahí, vivo y coleando, ajeno a nuestra deriva jurídica y con una capacidad de contagio que está poniendo a prueba todos nuestros avances sanitarios de las últimas décadas. Y lo que nadie duda a estas alturas es de que ha venido para quedarse, para convivir con nosotros y nuestras mascarillas, para atropellar nuestras euforias y para saltar a nuestro sistema inmunitario en cuanto le abrimos la mínima posibilidad.

Y esta posibilidad de los botellones descontrolados no es precisamente mínima.

Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 111. Abril 2021

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Vacúnese, haga el favor

Hay temporadas en que una palabra se pone de moda, o la ponen de moda nuestros políticos, lo que es lo mismo, y se la escucha a todas horas. Actualmente la palabra de moda es “vacuna”. En cuanto uno pone la televisión o la radio, o abre un periódico o se sumerge en las redes sociales, la palabra “vacuna” lo llena todo. Es sin duda la más oída y, por supuesto, la que concentra todas nuestras esperanzas de vencer a la pandemia del Covid-19. Claro que de tanto usarla vamos a acabar desgastándola y llegará un momento en que no nos diga nada.

Aunque mucho me temo que esto de la vacuna puede ser como aquello del perrito de Alcibíades que nos contaba antaño un profesor de Historia y que no se me ha olvidado. Según aquel profesor Alcibíades era un ateniense muy pagado de sí mismo que, cuando estaba en Atenas en lugar de ganando batallas con sus malas artes, se paseaba por el Ágora para que todos hablasen de él; pero ocurrió́ que todo el mundo se acostumbró a verlo en sus paseos y dejaron de mencionarle; entonces, para dar pábulo a nuevos comentarios, se hizo acompañar de un perrito en sus paseos y, cuando ya en el ágora estaban acostumbrados al dichoso perrito, mandó que le cortasen el rabo, con lo cual volvieron a renacer los comentarios.

Pues bien, me temo que esto de las vacunas es como lo de aquel perrito, una pantalla, una cortina de humo que intenta desviar la atención sobre un asunto de mayor enjundia cuyo debate se pretende evitar.

Sin ir más lejos, yo no me creo el mareo —de babor a estribor y de proa a popa— a que nos está llevando la vacuna Astrazéneca y los cambios de grupos de edades que provoca y toda la inquietud que está sembrando. Nada sabemos de los efectos secundarios de Pfizer o la Moderna. Es más, ni nos importan, se diría. De la Astrazéneca cada día nos informan de uno de sus malos síntomas y nos dicen quién y cómo ha sido afectado. Como si cada día le cortaran un trocito al rabo del perro para dar que decir y mientras se dice nos olvidamos de algo más serio.

En la misma línea, tampoco me creo que Isabel Díaz Ayuso y sus técnicos y asesores sean tan chapuceros de programar las vacunaciones de Madrid generando colas de tres y hasta cuatro horas de espera. Con lo fácil que es hoy, vía móvil, organizar un evento de estas características. Pero como estamos en plena precampaña electoral han tirado del ejemplo del perro y están dando que hablar, conscientes de que cada vez que se mencione el nombre de la todavía presidenta se está agitando la faltriquera de los votos.

Igual que tampoco puedo creerme que, a día de hoy, cuando ha pasado más de un año desde que se inició la pandemia, y con todo lo que se ha hablado y se habla de las vacunas, en la Unión Europea anden todavía montados en el despiste sin ser capaces de garantizar que habrá vacunas para todos en determinado plazo, ni qué clase de vacunas, ni con qué efectos secundarios, ni a qué grupos de edades pueden o no afectar.

Por eso, cuando a Pedro Sánchez se le llena la boca de agua diciendo aquello de “vacunar, vacunar y vacunar”, a más de uno de sus asesores no le llegará la camisa al cuello, conscientes de que el mensaje puede entenderse como pura logomaquia, pues parece que está entrando en el juego antes de que se repartan las cartas.

En fin, y resumo, que tenemos palabra de moda y que el perrito de Alcibíades vuelve a pasearse por el ágora. Lo que no sé es cuando le cortarán el rabo, aunque sí estoy seguro de que dejaremos de oír la manoseada palabra cuando, por fin, todos estemos vacunados. Aunque sea con la denostada Astrazéneca.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 110. Marzo 2021

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Volver la vista atrás

 

A veces merece la pena volver la vista atrás y, mirando por el retrovisor de la nostalgia, centrarse en recordar momentos felices, momentos únicos, chispazos de vida feliz, o quizás solo de vida, y concentrarse en la memoria, en ese limbo en el que todo sucede y realmente nada pasa. Recordar, quizás como sinónimo de volver a vivir.

Y recordar, sobre todo, cosas pequeñas; evocar un tiempo de felicidad rodeado de familiares y buenos amigos, seres queridos que dan sentido a una existencia; recrearse en una tarde de lectura fructífera o una mañana de trabajo agradablemente sobrellevado o en una puesta de sol cuajada de arreboles o un amanecer frente al mar, quizás con una ligera resaca; reconocer en sus distintas circunstancias los momentos de amor de un tiempo que ya no volverá, esos momentos íntimos que no se pueden traducir en palabras ni merece la pena hacerlo; tener en cuenta algunos instantes consumidos en admirar hermosas fotos en Moldeando la luz o leyendo intrigantes relatos de Luz y Tinta; volver la vista atrás para rememorar un paisaje de montaña, si es asturiana, mejor, donde quizás algunas veces buscamos un trébol de cuatro hojas que alimentó nuestra ansiedad ante el poder de seducción de la naturaleza.

En fin, merece la pena seguir por el retrovisor de la nostalgia todas esas cosas, pequeños detalles o grandes momentos, por los que merece la pena vivir.

Todos esos momentos, grandes o pequeños, que nos hacen olvidar que llevamos un año pendientes del Covid-19 y sus consecuencias

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 109 Febrero 2021

 

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Un año para meditar

Hace un año por estas fechas, mes de febrero, al que siempre, apoyándose en el refrán, se ha calificado de “loco”, vivíamos sin embargo ajenos a la locura que se comenzaría a vivir días más tarde. Luz y Tinta proseguía su camino y llevaba a la portada una foto de Chema Madoz, uno de cuyos homenajes se recogía en páginas interiores. Fotografía pura. En esta presentación hablaba yo del vértigo que nos acuciaba, con un número 100 en puertas que lógicamente nos ponía nerviosos por el reto que teníamos delante. Más fotografía.

Los periódicos de aquel mes de febrero llevaban a sus páginas el brexit, o sea, la huida hacia adelante del Reino Unido, dejando a la Unión Europea ante su propio vértigo. En España, además, hablábamos de la pejiguera catalana, para no perder la costumbre. Y del mundo mundial nos llegaban ecos intrigantes cuya dimensión ignorábamos: se hablaba del coronavirus en China, tan lejos, y en Italia y en otros lugares del mundo, y mirábamos con curiosidad y desconfianza lo que pasaba allende nuestras fronteras, sin sospechar tan siquiera que muy pocos días después las campanas de nuestros pueblos tocarían a rebato, haciéndonos conscientes de que lo que considerábamos una alarma ajena era en realidad un problema propio.

Luego, ya se sabe, vino el confinamiento como cortafuegos; y la rabia y el crujir de dientes y los temores y los aplausos a las ocho de la tarde y todo ese aluvión de sensaciones que, como si de un chapuzón se tratara, hemos vivido en solo un año y a la trágala. Hemos visto los ojos a la muerte y le hemos hablado de tú a tú, poniendo nombre y apellidos, y voz y gesto a quienes se iban. Hemos declinado coronavirus en todos sus casos y le hemos buscado todas las acepciones y todos los sinónimos. Y por supuesto, hemos criticado con razón o sin ella a nuestros políticos y representantes. Maldito virus de las narices: aunque me apetece más otro órgano de mi cuerpo para señalar el hartazgo con que miro todos los días la evolución de esta pandemia que nos ha sacudido como ningún terremoto, ni físico, ni moral, había conseguido hasta ahora. Los agoreros de turno -siempre que hay que enfrentarse a un problema aparece un arúspice— nos avisan ya de que, a partir de esta pandemia, nada será como antes. Y tendrán razón.

En fin, un año entregados al análisis y gestión de un problema médico difícil de controlar y al que de momento estamos haciendo frente, psicológicamente, con la esperanza en las vacunas y la desesperanza de ver cómo el virus muta por su propio impulso y las compuertas con que hasta ahora le habíamos controlado se ven desbordadas.

Desde estas páginas, lógicamente, poco o nada podemos hacer, salvo recordar que toda precaución es poca, que hay que tomar nota de lo pa-sado para que el futuro no nos resulte tan incierto y preocupante como hasta ahora nos aparece y que, entre todas las voces interesadas en orientar nuestro camino, es preciso distinguir las de aquellos que realmente quieren ayudar; y señalar con un tachón rojo a quienes solo pretender pescar en río revuelto.

Y mientras tanto, ha nevado en Madrid y, durante algunos días, pare-ció como si se acabara el mundo. Durante aquellos tristes días, en que los políticos madrileños se vieron totalmente superados por un fenómeno tan natural como una nevada en invierno, yo no dejaba de pensar —permítase- me la hilaridad— en aquella surrealista canción de Sabina que asevera que “más raro fue aquel verano que no paró de nevar”.

En fin, un año para meditar. Porque el año que nos aguarda, curados ya de espantos, puede ser peor que el pasado si la sensatez y las vacunas no lo remedian.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 108 Enero 2021

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Presentación

Queridos Reyes Magos:

Como cada año corresponde enviar esta carta, siquiera virtual, en la que los niños piden juguetes, como corresponde a su edad, y los adultos expresamos deseos más inmateriales, sabedores que tales deseos no siempre caminan la senda de la realidad. Desde LUZ Y TINTA, aprovechando este primer número del año también tenemos nuestro particular repertorio de pretensiones.

En primer lugar, salud. Después del desventurado 2020, en que se quebró la salud de muchos, mientras los demás acumulábamos todos los temores, esperemos que este 2021 que acabamos de empezar nos traiga sobre todo esperanza y vacunas, muchas vacunas a modo de cortafuegos que nos impermeabilicen frente a los contagios y sus riesgos.

En cuanto a la política, que en el malhadado 2020 ha marcado el límite de la insensatez, solo pedimos que nuestros políticos —es decir, nuestros representantes— bajen a la arena, que entiendan que las instituciones y las leyes tienen que estar al servicio de los ciudadanos y que no son únicamente para alimentar sus polémicas de salón, por no decir sus peleas de gallos.

En el ámbito cultural, quisiéramos retomar el camino abandonado el año pasado y volver a participar en actos culturales, conciertos multitudi- narios, encuentros de todo tipo en que el intercambio nos lleve al enrique- cimiento. Y ello sin miedo al contagio, sin temor al otro. Aunque somos conscientes de que lo que se quebró en los meses pasados será muy difícil recuperarlo en los venideros. Al menos de momento.

En cuanto a la familia y los amigos nos gustaría recuperar los abra- zos que nos debemos, las veladas que no compartimos, los momentos de intimidad familiar que hemos esquinado para evitar el paso franco de la pandemia.

Y en fin, para Moldeando la luz y para LUZ Y TINTA solamente que prosiga la creatividad. Dentro de un tiempo, cuando analicemos estos meses últimos con alguna perspectiva, veremos que tanto en nuestra plataforma como en nuestra revista estos meses han transcurrido con la misma pasión creativa de siempre. Es lo que deseamos para los meses y años próximos.

Con nuestros mejores deseos para 2021.

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Luz y Tinta Nº107 Diciembre 2020

Un año para olvidar

2020. Dos mil veinte. Jamás olvidaremos este año. Jamás olvidaremos un año en el que hemos visto cómo se removían los cimientos del mundo, cómo el Covid-19 atacaba sin complejos la línea de flotación de nuestra vida, cómo saltaba por los aires una forma de vivir. A 10 de diciembre, cuando publicamos este nuevo número de Luz y Tinta, aún no sabemos cómo vamos a terminar, cómo se va a solucionar este problema mundial que nos está sacudiendo desde principios de este inolvidable 2020. Se habla todos los días de nuevos contagios, de nuevos ingresos hospitalarios y, lo que es más preocupante, de nuevos muertos, dejando un eco de muerte y un poso de preocupación en cada noticia. Y aunque se nos habla ya de las vacunas, que están ya ahí y que van a contribuir a mitigar parte del dolor y del temor que nos sobrecoge, no se ve aún la luz al final del túnel o, por decirlo de otra manera, la poca luz que se atisba no es suficiente para iluminar de pleno y lo único que consigue es sembrar de más sombras nuestro entorno.

Por eso he titulado esta nota con la idea de olvidar este año que nos ha enredado de mala manera con su agobiante avance. Y es que el muy puñetero 2020, no lo olvidemos, es año bisiesto. No soy muy proclive a la superstición que envuelve a estos años irregulares —Año bisiesto, año siniestro, recoge la paremiología popular—, aunque se citan a la sazón catástrofes sin número que han ocurrido en estos años con veintinueve días en el mes de febrero, como el comienzo de la guerra civil española o el asesinato de John Lennon, cuya efemérides se celebra estos días, o de Martin Luther King, Gianni Versace o Federico García Lorca, todos ellos ocurridos en año bisiesto, junto con muchos otros, sin olvidar el hundimiento del Titanic o el escándalo Watergate que terminó con la presidencia de Richard Nixon, para no alargar la lista. Claro que en el otro plato de la balanza podríamos citar miles y miles de asesinatos, de famosos y no famosos, y miles y miles de catástrofes naturales o provocadas por el hombre, como los atentados del 11 de septiembre que derribaron las Torres Gemelas, la bomba sobre Hiroshima o el inicio de la Primera Guerra Mundial. Fuera de peculiaridades del calendario, desde que el mundo es mundo y desde que el hombre es hombre los asesinatos, desastres y calamidades de todo tipo se han ido sucediendo —y se suceden, no lo olvidemos— con una regularidad asfixiante que nada tiene que ver con un día de más o de menos en el decurso de un año y sí con la propia condición humana y su capacidad para intervenir en el ritmo natural de las cosas.

Así que, para cerrar esta reflexión, espero que durante los próximos meses se sucedan hechos fortuitos o provocados por la ciencia o la casualidad que nos ayuden a olvidar este trágico 2020, al que aún le queda el estrambote de la Navidad, con la bizantina discusión —espero que solo subyacente al ámbito español— de si debemos celebrarlo en soledad o acompañados por nuestros familiares y por nuestros “allegados”, palabra que se ha instalado en el subconsciente colectivo como un mantra. Pasado este paréntesis de mazapanes y de villancicos, retomaremos las mascarillas, la esperanza en las vacunas, vengan de donde vengan, y la suspicacia ante el mal fario de los años bisiestos, como este 2020 que nos ha tocado padecer día a día, mes a mes, muerto a muerto.

Por eso, desde la redacción de Luz y Tinta deseamos a sus lectores y amigos que pasen unas alegres y cuidadosas navidades —el virus no entiende de fiestas—, que enfilen el año próximo con mayor suerte que en este que termina y que en las páginas que siguen encuentren un momento de tranquilidad para disfrutar de textos y fotos que pretenden ser un abrazo virtual en estos momentos en que no se aconsejan los abrazos físicos. Por ello, para recordarlo de vez en cuando durante la visión y/o lectura de estas páginas las hemos salpicado de símbolos navideños que solo pretenden recordar que el tiempo fluye y que la vida sigue, aunque haya momentos en que apetezca olvidarse de lo pasado y centrarse en las posibilidades del porvenir.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 106. Noviembre 2020

 

PRESENTACIÓN

De ‘presentaciones’ y otras mudanzas

Un atento lector de Luz y Tinta, Alipio, para el que se reclama con toda razón el título honorífico de cronista oficial de la revista, en su comentario del mes anterior dice de esta Presentación: “que no sé porque se llama presentación, ya que no presenta nada, más bien, se asemeja a las editoriales, que marcan un poco el perfil o la línea del editor, analizando un poco las circunstancias del momento”. Tiene en parte razón nuestro buen amigo, pero cuando elegí el título de esta sección y preferí “Presentación” a “Editorial” lo hice consciente de que podría servirnos para un roto —presentar los contenidos o parte de los contenidos del número— y para un descosido: presentar ideas propias sobre temas de actualidad, muchas veces inevitables. Si atendemos a la definición que la Real Academia da de ‘presentación’ —“Hacer manifestación de algo...”— ambas “presentaciones” son válidas y han sido utilizadas en esta sección, quizás con mayor propensión a la idea de editorial, sobre todo en los últimos tiempos en que ruge la marabunta fuera de nuestras páginas y resulta difícil hurtarse a sus ecos.

Tras este desahogo semántico —uno no puede negar de dónde viene— recojo otro guante de Alipio. Dice que en mi cuento sobre el zafarrancho en el despacho cabe el alivio de que solo se trata de una limpieza general. Peor hubiera sido una mudanza, agrega. Claro que sí. Aunque siempre tengo muy presente aquello de san Ignacio: “En tiempos de tribulación, no hacer mudanza”, entendiendo —volvemos a la semántica— la locución adverbial ‘hacer mudanza’ como portarse con inconsecuencia.

No haremos, pues, mudanza en estos tiempos de tribulación —o de ‘desolación’, que parece fue el original ignaciano— en que suenan tantos cantos de sirena anunciando el fin del mundo, en que la política española se deshilacha por todas sus costuras y en que ni gobierno central ni comunidades autónomas ni ayuntamientos y diputaciones son capaces de ponerse de acuerdo en algo tan sencillo como afirmar que el problema es el virus y que debe enfrentársele médicamente, cosa que ya dije en la presentación del mes pasado y, aunque nunca está mal en insistir en lo obvio, tampoco se trata de repicar campanas que más confunden que informan.

Por último, y ya que estamos en la ‘presentación’ de este número 106, una nota meramente editorial. En el pasado número, en la brevísima biografía de Alfonso Camín que se anteponía a su cuento “Las ideas de Juan de Pin” se nos coló un gazapo: la fecha de nacimiento de Camín no es 1905, como poníamos, sino 1890, como oportunamente nos hizo ver Albino Suárez, el máximo conocedor y defensor del poeta. A propósito del traspié le pedimos a Albino que nos enviase una biografía de Camín, cosa que hizo oportunamente, pero a día de hoy, en que debo cerrar la revista, las fotos que también envió se han perdido en algún recoveco de Internet, por lo que deberemos esperar al número siguiente para enmendar nuestra inicial inexactitud.

Y ya, para finalizar, una nota de color: como mudanza en toda regla la que comienza en la Casa Blanca tras el controvertido descalabro electoral de Donald Trump que solo acepta los resultados de las urnas cuando le favorecen. Vae victis!

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 105. Octubre 2020

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Presentación

Carta abierta a un político sensato

Muy señor mío:

No sé si estoy incurriendo en algún tipo de absurdo al mezclar los conceptos de ‘político’ y ‘sensato’, pues la política, vista desde fuera, parece una completa insensatez. Sí, sí, ya sé, disculpe usted, que los políticos se dejan la piel en el intento, que son incomprendidos en su lucha por el interés general y que, tópico arriba o abajo, todo su empeño gira en la noria del bienestar de sus votantes y conciudadanos. Conozco el percal, de tanto como lo oigo repetir, mañana, tarde y noche. Lo que pasa es que lo repiten tanto que uno acaba acostumbrándose a la música y se olvida de la letra. Claro que son ustedes —o la mayoría de ustedes, tampoco hay que generalizar— los que hace tiempo se han olvidado del significado de una letra que repiten como un eslogan lejano. Como aquello quizás de la “chispa de la vida” que nos largaba la Coca-Cola cuando yo era joven y que ahora ha perdido todo el sentido, porque los tiempos son otros, las necesidades son otras y otros son los caminos que aún hoy nos llevan a Roma. No sé si me entiende.

Por eso dudo de que política y sensatez vayan de la mano, aunque me concedo algún resquicio a la duda y aún creo que haya políticos sensatos. Al menos uno, al que dirijo esta carta abierta, sin más pretensión que expresarle mi perplejidad por lo que últimamente está pasando en el ámbito político español. O más concretamente, para no generalizar, que las comparaciones se dicen odiosas, en el ámbito político madrileño. Claro que como Madrid es el rompeolas de todas las Españas muchos de los disparates que allí se generan llegan en forma de resaca al resto de España.

Me explico.

Madrid está atravesando una pandemia terrible, por causa del Covid-19, por otro nombre Coronavirus. Hay contagios diarios, hospitalizaciones diarias y muertes diarias. Es un tema de salud que en mi ingenuidad creo que hay que enfocar médicamente. Ya digo, en mi ingenuidad, que tiene poco de política, pues nunca he recibido de la política otra cosa que malos tragos. O sea, por resumir, es un problema médico que hay que atacar médicamente. Pura tautología. Pues bien, y este es el meollo de mi carta, los políticos madrileños se empeñan en enredarlo todo políticamente y, en lugar de buscar soluciones médicas, se empecinan en buscar culpables políticos de una situación que se les ha ido de las manos porque no la entienden. Aparcan el problema médico, que es el problema de los ciudadanos que dicen representar y que les eligieron en su día para eso, y sacan el ábaco de contabilizar votos, engolan la voz y cargan contra el enemigo. Pero no el enemigo sanitario, esa puta pandemia que nos envenena el alma y las listas de espera de los hospitales, sino contra el enemigo político, ese que puede hacerles perder votos si los ciudadanos votantes entienden que puede aportar soluciones.

Mientras tanto el coronavirus se descojona de la risa.

Y termino mi carta. Los ciudadanos de a pie, los que no soñamos con cargos institucionales ni con reforzar nuestro sueldo con cargos que igual nos quedan anchos, solo demandamos soluciones médicas al problema médico. Que ustedes se diviertan en el Congreso y en las ruedas de prensa adyacentes buscándole tres pies al gato electoral y señalando los defectos del contrario, a nosotros simplemente nos cabrea. Bueno, y nos asquea. Que yo sepa no los elegimos en su día para que nos irriten con este circo electoraloide. Pero, aunque se hayan olvidado del por qué fueron elegidos y sé que la comodidad de sus escaños no es propicia para tal recuerdo, me gustaría insistir en que los problemas médicos se atajan desde la medicina y que la política debe ser solo un vehículo para facilitar los medios. Pura ingenuidad..

En fin, preso de esta mi ingenuidad, dirijo esta carta a algún político sensato, consciente de que, si alguno hubiere todavía y a la vista de los últimos despropósitos madrileños, seguramente habrá presentado su dimisión antes de que esta carta llegue a su poder.

Atentamente,                                                                                                                                                         

                                                                                                                                                                     Francisco Trinidad

 

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Luz y Tinta Nº 104. Septiembre 2020

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PRESENTACIÓN

Recordando los inicios

En estos casos, vía tópico, suele decirse: “y parece que fue ayer”. Y efectivamente parece que fue ayer cuando iniciamos esta gratificante aventura de Luz y TinTa. Aún recuerdo la primera conversación que tuve al respecto con Guendy: íbamos ambos en su coche, camino de “La encruciyá”, en Caso, cerca de Caleao. Es un bar donde solemos comer y charlar sin alivio; y allí certificamos el nacimiento de esta revista.

Creo recordar que era en la primavera de aquel año de 2011 y, tras varias conversaciones, y muchos apuntes, al final de aquel verano, el día 5 de septiembre de 2011 sacábamos a la luz digital el número 0. Acabo de verlo de nuevo —pura nostalgia—, con sus 30 páginas y una apuesta intrínseca que nos ha traído hasta aquí. 30 páginas, insisto, porque este número que hoy sacamos, septiembre de 2020, cierra con 356. Es curioso, pero de todos los colaboradores de aquel número solo quedamos en el intento José Luis Cuendia, “Guendy”, y yo mismo. Todos los demás, por razones diversas, han dejado de colaborar habitualmente. Me cabe la satisfacción de poder decir, bien alto y bien claro, que ninguno de los colaboradores de esta revista han sido invitados a marcharse, lo que habla a las claras de su buen hacer, y que lógicamente tienen las puertas abiertas. Que ya no estén habitualmente en nuestras páginas es comprensible: llevamos nueve años en esta singladura y cada uno tiene sus compromisos personales y su trayectoria privada y profesional que muchas veces resulta incompatible con proyectos como éste totalmente altruistas.

Otra de las grandes diferencias de aquel número con éste es su diseño. Era aquel número 0 más cerrado, centrado especialmente en el texto, que afectaba directamente al tamaño y disposición de las fotografías. Poco a poco, siguiendo sugerencias de los lectores y centrándonos en el objetivo final de la revista, se ha pasado a casi lo contrario: son las fotografías las que marcan el ritmo y disposición de las páginas, ganando con ello en pulcritud gráfica y en agilidad compositiva.

Por el medio quedan también algunos números extraordinarios, generalmente nacidos de semanas temáticas o concursos de Moldeando la luz. No me he parado a contarlos, pero son una buena muestra de la imbricación de Luz y TinTa y Moldeando, como no podía ser de otro modo. Dentro de estos números extraordinarios podríamos contar también al número 100, un esfuerzo editorial de gran calado que nos lleó casi a las 700 páginas, pero que supuso un importante encuentro con lectores y colaboradores.

Para finalizar este recorrido por la cresta de la notalgia me gustaría terminar agradeciendo a todos los colaboradores su trabajo mensual (sin ellos no habría revista) y su grata disposición para cuanto desde esta dirección se les sugiere. Seguiremos en este empeño, navegando con el viento fotográfico a favor.

Y por supuesto, no puedo olvidarme de nuestros fieles lectores, que en estos últimos números rondan los 15.000. Si pensamos que Moldeando la luz tiene poco más de 1.300 miembros, la diferencia hasta 15.000 quiero creer que se ha conseguido a base de interés para quienes nos visitan. Esperemos que este interés no decaiga en el futuro; un futuro que habremos de labrarnos no sin esfuerzo, pero sin abandonar nunca un rumbo en el que confiamos y un ritmo en el que nos sentimos cómodos.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 103. Julio de 2020

PRESENTACIÓN

Vacaciones

Cuando termine de cerrar este número 103 de Luz y TinTa, me tomaré unos días de vacaciones, si por tal entendemos que voy a hacer cosas diferentes a las que hago habitualmente; en esta ocasión, un breve viaje acompañado de mis nietos, dos o tres semanas fuera de la rutina, y eso que mi vida no es en absoluto rutinaria. Al contrario. A pesar de algunos compromisos a fecha fija a que me fuerza el estar frente al timón de esta revista, mi vida es un continuo vaivén, saltando siempre de un tema a otro, de un libro a otro.

Por eso, en este próximo tiempo fuera de mi casa, de mis libros y del abrigo soli- dario de lo cotidiano, procuraré vivir respetuosamente al margen de la pandemia del Covid-19 y de sus muchas amenazas a cuenta de tantos inconscientes que se han creído que el infierno son los otros cuando lo llevan pegado a su piel; y procuraré, sobre todo, olvidarme temporalmente de los despropósitos de algunos políticos empeñados en amargarnos el desayuno de todas las mañanas con sus salidas de tono, con sus descabalados cálculos electorales y con su desfachatez sin alivio, cántese en castellano, en vasco, en gallego o en el catalán del karaoke del conspicuo Jordi Pujol. Con esta inocente terapia no conseguiré mejorar ninguna de las perspectivas a que la actualidad me fuerza, pero igual me sirve para hacerme a la idea de que las elecciones autonómi- cas en litigio no me afectan de momento, pero especialmente de que el mundo sigue; y de que su fuerza gravitatoria nos envuelve a todos, aunque a veces seamos capaces de sumergirnos en una burbuja, llámese ‘vacaciones’ o quizás simplemente inconsciencia, que nos lleva a pensar que estamos en una encrucijada del camino distinta.

Sea como fuere, volveré en septiembre, volveremos en septiembre, marcando una muesca más en el cómputo anual de esta revista que tantas satisfacciones nos da. Luz y tinta. Luz para alumbrar el camino y tinta para ilustrar el mapa de nuestros pasos en la historia. El camino está claro, de momento: seguiremos publicando fotos y textos que nos reconcilien con nuestra vida cotidana, tan distinta en una parte y otra de los distintos continentes en que nos movemos; y la tinta, en forma sobre todo de ideas, no ha de faltarnos mientras el mundo sea a la vez motivo de análisis y espejo de nuestras propias obsesiones. Luz y Tinta. Vida e ideas.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta Nº 102 Junio de 2020

PRESENTACIÓN

 

Estamos ya, por utilizar el lenguaje ‘político’ de turno, en plena “desescalada”, es decir, en una progresiva incorporación a la vida normal, si por tal entendemos lo que teníamos antes de que estallara la pandemia que nos ha mantenido, y todavía nos mantiene, en guardia frente al Covid-19. En muy poco tiempo, parece, volveremos a recuperar aquella vida normal, insisto en la cursiva porque ya nada será́ como antes. Qué vaya a cambiar y cómo vaya a cambiar todavía no lo sabemos: el tiempo nos irá marcando pautas y nos irá poniendo en la encrucijada que en cada momento nos corresponda.

 

Claro que, en la euforia que estamos viviendo estos días, conviene echar la vista atrás y reflexionar al menos sobre dos aspectos.

 

En primer lugar, la actitud de algunos políticos de los que integran nuestro arco parlamentario que, durante todo este proceso de crisis sanitaria, se han dedicado a criticar al gobierno sin plantear alternativas y propiciando un clima bronco de desencuentro total con la mirada puesta en el desgaste del contrario que les asegure réditos electorales de dudoso encaje. La bronca por la bronca, la pataleta por la pataleta, la crítica desaforada como sistema. Mientras tanto la gente sigue muriéndose en los hospitales , en sus casas, en las residencias de ancianos. Pero a algunos de esos políticos nuestros —me cuesta escribir lo de ‘nuestros’, pero no me queda más remedio: al cabo, están ahí́ por nuestros votos, aunque ellos lo hayan olvidado— el mundo de la calle dejó de importarles hace tiempo: ellos viven en altos áticos y cuando miran a su alrededor ven otros áticos y algunas azoteas, pero no las aceras. Por eso se ha dado la paradoja de que, en las sesiones parlamentarias durante este proceso de pandemia, lo que menos ha importado ha sido el aspecto sanitario de la cuestión y se han centrado en razones espurias, de encaje de bolillos electoral, sin preocuparse de lo que a la gente de a pie realmente nos importa, dedicándose a buscarle tres o cinco pies a las encuestas y titulares de prensa, echándose en cara cosas tan peregrinas como el pasado político de algunos familiares o los títulos nobiliarios que alguien haya heredado. Hasta han llegado a acusar de asesinato —¡válgame la Macarena! — a quienes tan solo se han ocupado, con mayor o menor acierto y con mayor o menor urgencia, de nuestra salud.

 

Lógicamente este vivir hacia dentro del Parlamento se refleja en la calle. Una vez que nos han abierto las puertas del confinamiento la preocupación general, la gran preocupación y parece el gran objetivo de los españoles son la apertura de los bares y el acceso a las playas. Por supuesto, la gran aspiración es el retorno del fútbol al que se idolatra como en su día se adoró el becerro de oro. Para nada preocupa el paro que esta situación ha generado sino el horario de los bares, cafeterías y restaurantes, su porcentaje de aforo, su horario y su mayor o menor flexibilidad ante los incumplimientos de las normas que para todo ello se establecen. Para nada preocupa el retorno a las aulas de escolares y universitarios que han perdido un trimestre sino la forma de acudir a las playas, tomando el sol por turnos o por parcelas, cita previa de por medio, y bañándose con criterios muy diferentes a cuanto hasta ahora ha sido norma. Para nada preocupa la cuestión sanitaria, la evolución de la pandemia y las preocupaciones que hay que seguir tomando para evitar un posible retroceso, ocupados como estamos en dilucidar cuándo volverían los partidos de fútbol a ocupar la parrilla de la programación televisiva, con los estadios llenos a rebosar y los gritos de ánimo a nuestro equipo o de rechazo al contrario llenando de ruido los barrios aledaños a esos estadios de fútbol, cajas registradoras que enriquecen a quienes las controlan.

 

Pero llegará el día, vive Dios, en que caigamos de la burra y nos demos de bruces con nuestra propia realidad y las playas serán playas, los bares serán bares y el fútbol, una actividad lucrativa, que no deporte; y todo ello, una metáfora de nuestro actual desconcierto.

Francisco Trinidad

 

 

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Luz y Tinta Nº 100

Por fin, hemos llegado al número 100, este número mágico en el que confluyen las aspiraciones de los números anteriores, de todos los números precedentes. Desde el número 0 no hemos dejado de crecer. Iba a escribir ‘mejorar’, pero no me corresponde a mí enjui- ciar la trayectoria de calidad que hemos venido siguiendo desde aquel lejano día. Han sido muchos los meses ocupados en confeccionar esta revista que tantas satisfacciones nos viene dando. Para ello, solo hemos seguido una norma: hacer aquello que nos gusta y hacerlo como pensamos que puede gustar a nuestros lectores que, por cierto, han ido creciendo mes a mes hasta llegar a las cifras actuales, realmente motivadoras: en el momento en que escribo, el número 99 está a punto de alcanzar las 17.000 visitas, una cantidad realmente notable que, no es por sacar pecho innecesariamente, muchas publicaciones seguramente envidiarán.

El crecimiento ha sido innegable y satisfactorio; por eso, como motivo de este número, hemos elegido el ala delta, como símbolo de nuestro afán por volar y volar, ascender poco a poco y seguir persiguiendo metas que en este momento sería incapaz de considerar. De momento, es preciso asimilar lo hasta ahora realizado, procurando no sucumbir al éxito: no todo está conseguido, aunque la euforia de esta celebración pudiera hacernos pensar lo contrario. Por eso hemos llevado a la portado esa bombilla, icono que se ha utilizado desde siempre para identificar la generación de las ideas.

Y ese es el deseo que quisiera expresar en este número 100: que no nos abandonen las ideas, ni por supuesto la colaboración de nuestros impagables colaboradores, capaces de rellenar este mágico número 100 con aportaciones literarias y fotográficas que nos han llevado a un ejemplar de casi 700 páginas, símbolo de la vitalidad de nuestra revista Luz y Tinta. Casi 700 páginas, efectivamente, de modo que su visión y su lectura puede colaborar a rellenar este tiempo extra que nos han regalado con el confinamiento a que nos somete ese invisible pero todopoderoso virus, Covid-19, por mal nombre coronavirus.

Porque mientras nosotros, imitando el título de Juan Marsé, estamos encerrados con nuestro juguete, este número 100, fuera ruge la marabunta de ese coronavirus del que tanto habrá que hablar.

Entre las cosas más sensatas que he podido leer sobre esta reclusión a que nos obliga esta pandemia, destaco lo que decía el microbiólogo español, Julio Martínez Aniceto: “Se salvan más vidas evitando que haya enfermos que tratándolos”. Esto que puede parecer una perogrullada es en cambio una máxima que debe guiar nuestras reflexiones. Evitar antes que tratar, lógicamente, una enfermedad que nadie vio venir, que nadie en su sano juicio puede decir que estuviera a la vista hasta que nos golpeó de lleno; y ello, su imprevisión y la sorpresa de su ataque, así como la dureza de sus efectos imprevisibles hace meses, a pesar de esa legión de inconscientes que, en lugar de centrarse en buscar escenarios para aportar ideas centradas en combatir la enfermedad, aprovechan la situación para arrimar el ascua a su sardina, instalados en una pugna política que tiene mucho de rapiña electoral y muy poco de lealtad institucional.

Nosotros, mientras tanto, aquí seguimos, trabajando con luz y con tinta, con fotogra- fías y con textos, celebrando nuestras cien ediciones —y alguna más que algún día habrá que recontar, para recordar los especiales—, lamentando que las otras actividades que teníamos previstas se hayan tenido que quedar en la nevera y deseando a nuestros colaboradores y lectores que el coronavirus sean solo un tropezón en nuestra andadura por una vida que todos deseamos larga y provechosa. Y por cierto, acompañada por nuestra revista, Luz y Tinta, cuyas más de 600 páginas en esta edición pueden contribuir a hacer más llevadero el tiempo inevitable, y esperemos que eficaz, confinamiento.

Francisco Trinidad

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Luz y Tinta nº99

 

8 de Marzo

Cuando acababa de salir el número anterior de LUZ Y TINTA, me escribió Claudio Serrano, desde Madrid, preguntándome si pensaba hacer algo especial en este número 99 cuya fecha de salida está próxima al día 8 de marzo, en el que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Serrano, lógicamente, me decía que en el caso de hacer algunas páginas especiales a él le gustaría escribir sobre las mujeres de Nadima.

La verdad, no estaría mal lo de mi amigo Claudio; y no estaría mal ese número especial en que se dé voz y foto a las muchas y buenas fotógrafas que integran Moldeando la luz. Lo pensé algunos días y, aun viéndole posibilidades, acabé desechando la idea, más que nada porque últimamente ando liado en otros proyectos que me absorben y dedicarle más tiempo a LUZ Y TINTA me resulta casi imposible.

Aun así, le agradecí a Claudio Serrano su idea y desde aquí reitero mi agradecimiento y me la apunté en esa agenda de proyectos pendientes que crece día a día, pero que servirá en el futuro para orientar mi trabajo.

Nunca está de más agradecer a la mujer, a todas las mujeres, su pre- sencia y su trabajo en nuestras vidas; y nunca está de más, por supuesto, reconocer su lucha en pos de la igualdad y, en la medida de lo posible, apoyarla. Y más en un día como hoy que las propias mujeres han elegido como motor y fecha clave de sus muchas reivindicaciones pendientes.

Sin embargo, miro el sumario de este número y, aunque no se ha perseguido un homenaje ni siquiera un reconocimiento, el equilibrio es bastante ajustado. El cuento de Gloria Soriano tiene su correlato en el Repertorio de Fotógrafos Españoles, donde ex aequo hablamos de Pilar Albajar y Antonio Altarriba que nos muestran una pequeña parte de su labor creativa como fotógrafos. Lógicamente, como en números anteriores contamos con la colaboración de Nadima (Shibina Nadegda), que en su serie nos retrata a dos mujeres, una madre y una hija; y a Irina Dzhul que nos recrea un bosque umbrío con una ninfa que le da a los árboles dimensión humana. Ricardo “Completu” nos trae uno de sus reportajes con una terrorífica barbera de protagonista y, lógicamente, entre las fotos destacadas hay tanto de hombre como de mujer, fotos elegidas por sus cualidades y no por el sexo de su autor ni de los personajes retratados.

En fin, que sin haber pretendido un número especial entiendo que las mujeres están bien representadas en nuestra revista, como lo han estado en números pasados y como estarán en los venideros. Lo que no excluye que en su día, aunque no sea 8 de marzo, dediquemos un número o unas páginas especiales a estas mujeres que nos han acompañado desde siempre y que le dan a la fotografía de Moldeando el carácter que realmente tienen.

Como escribo precisamente el día 8 de marzo, no me queda más que felicitar a todas las mujeres en este día que en algún momento se conseguirá que sea únicamente de celebración y no de vindicación.

 

Francisco Trinidad

Notas.

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Nota:

El video que acompaña al Descenso del Galiana, tiene una duración de cuatro horas, ya que está grabado todo el descendo, puedes moverlo a tu antojo, entre otras cosas los primeros 25 minutos no tienen ningún interés.

 
 
  
 
 
 
 
 
 
 


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Luz y Tinta nº 98

Presentación

Vértigo

Algo tienen los números redondos, algún tipo de magia encierran, porque, cuando se celebra algo especial se busca siempre un número de esos que llamamos redondos: 10, 100, 1.000... Recuerdo con cierta ironía cómo al aproximarse el año 2.000 se pusieron en cuarentena todas las alarmas y los gurús de turno nos cantaron —con canto de sirena enamorada— todas las posibilidades del fin del mundo, o de cierta parte del mundo: sin ir más lejos, iban a dejar de funcionar todos los ordenadores si no les cambiábamos un algoritmo o una rabia de esas que podían imposibilitar el cambio de siglo. También recuerdo haber leído, aunque esta sea otra historia, los muchos temores que desencadenó el milenio o, sea, la llegada del año 1.000, con los monjes de todos los monasterios y cenobios rezando para que no descarrilara el mundo. Nada pasó en el 1.000 y nada pasó en el 2.000, como no pasará nada en el 3.000 si el mundo aguanta hasta entonces, que aguantará.

 

Y todo ello, creo yo, por la magia o el misterio que encierran los números redondos y que desde Luz y TinTa llevamos tiempo viviendo en carne propia. A pasos cada vez más firmes se nos acerca el número 100, todo un reto que jamás hubiéramos soñado en los orígenes. Pero el tiempo pasa y hemos sido capaces de aguantar hasta aquí, número 98 ni más ni menos. Dentro de dos números habremos de enfrentarnos a ese número especial. Y no sin cierta sensación de vértigo.

Es cierto que cada número, sea este 98 o en su día el 12, el 37, el 65 o cualquier otro, encierra un reto, a modo de escalón de esta escalera sin final que es nuestra revista. Cada día tiene su afán, dijo el clásico, y cada número tiene su intríngulis, diremos para ponernos cursis, si se nos permite. Y tanto esfuerzo —y tanta satisfacción al verlo terminado— encierra un número como otro. Incluído el 100, claro.

Aunque al ser un número redondo, un número de esos tocado de una magia especial, sirve también para la reflexión. Para decir alto y claro: “hasta aquí hemos llegado”; y no dejaremos por ello de mirarnos en el espejo de los días y de afirmar que hemos llegado por nuestros propios méritos, sin ayudas ajenas, sin subvenciones ni dineros ajenos, sin premios, sin más reconocimiento que el de nuestros lectores, fieles mes a mes, fieles a una forma de hacer y de entender que nos enorgullece compartir.

100 números de Luz y Tinta. Casi nada. O casi todo. 100. Esta misma semana, hablando con un fotógrafo de élite internacional al que entrevistaremos en un próximo número, al recordarle que estamos ya en el número 98, me dijo: “Sois unos héroes”. No es que seamos héroes ni que tengamos un poder especial, se trata sencillamente de que tenemos un número de lectores de una especial fidelidad; lectores que nos acompañan desde el número 0, que nos hacen llegar sus sensaciones a través del post de Moldeando la luz y que con su fidelidad y sus opiniones nos dan el suficiente impuso como para proseguir en la tarea.

Por eso, la próxima llegada del número 100 nos da sensación de vértigo, aunque lo que ahora realmente preocupa no es este número redondo sino los que vendrán después. Porque la responsabilidad y el compromiso habrán de ser más altos, efectivamente, y con ellos nuestro nivel de exigencia para que se mantenga el listón bien alto y, siempre que sea posible, para poder subirlo. Aunque sea poco a poco.

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Luz y Tinta nº 97

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PRESENTACIÓN

Suma y sigue

Después de unos días de nervios y de tensión personal porque este número me desbordaba y porque se confabularon en mi contra todas las iras del azar y hasta me alcanzaron algunas esquirlas de la explosión final de ese big bang en que se ha convertido la política española de los últimos tiempos, escribo finalmente esta presentación el día 13 —no soy supersticioso, pero nunca se sabe— cuando han prometido sus cargos los nuevos ministros del gobierno de España presidido por Pedro Sánchez, mientras unos sonríen esperanzados y otros rechinan los dientes ame- nazando con el Apocalipsis en una mano y con la letra del Cara al sol en la otra.

A pesar de la mala hostia —permítaseme el obligado desgarro— de Pablo Casado, perdedor convencido de su cruel destino; a pesar del San- tiago y cierra España del señor Abascal, de quien Dios nos guarde; a pesar de la huida hacia adelante del grupo de Ciudadanos, perdido en la inocencia fundacional del nuevo Mesías que no era finalmente Albert Rivera. A pesar, en fin, de la sonrisa trufada de insomnio de los nuevos ministros y de sus cargos inferiores, por no hablar de otros obligados comparsas, la vida sigue indiferente muchas veces a los cantos de sirena del destino político.

Y aquí es donde nos encontramos. La vida sigue. Y Luz y Tinta sigue. Y sigue con un ímpetu que a todas luces parece imparable. Las páginas que componen este ejemplar son un claro ejemplo. Para no superar las 300 páginas, en este número, que se nutre de quimeras y de sueños como todos los proyectos literarios, hemos tenido que prescindir de algunos trabajos que es posible echen de menos algunos de nuestros siempre atentos lectores.

En primer lugar, mi cuento mensual, que se ha quedado en la nevera, esperando al próximo número, para que mi firma no sea omnipresente y para que las páginas de este número 97 no se nos disparen más allá de lo que ya lo han hecho.

Pero faltan además otros trabajos que, por su falta de compromiso con el calendario más inmediato, pueden esperar sin ningún desgaste temporal al número 98: el artículo sobre Cuba de José María Ruilópez, el siempre interesante e instructivo “viaje” de Juan Depunto, el corres- pondiente al Repertorio de Fotógrafos españoles y la pregunta mensual —Todo lo que querías preguntar y...— que todos los meses nos pone en contacto con los secretos de la fotografía.

El próximo mes tendremos estas colaboraciones, completando el nú- mero correspondiente y marcando el calendario que, día a día, e inexo- rablemente, nos lleva hasta el número 100, esa apuesta en la que Luz y Tinta diseñará su ilusionante futuro.

Francisco Trinidad

 

 

 

Fe de erratas/

Página 3 Nuestra foto de portada donde dice  Jesús Rodríguez, debería decir Jesús Álvarez Rodriguez.

Pagina 7 donde dice “ Tubo mucho que ver mi amigo…” debería decir “Tuvo mucho que ver mi amigo…”

 

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